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Publicado

05 Mar 2018

La memoria puesta en un lugar

El libro ‘La territorialización de la memoria en escenarios de posconflicto’, que resulta de una investigación apoyada por COLCIENCIAS, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), La Universidad de Caldas y la Red Internacional de Estudios sobre Territorio y Cultura (RETEC), cuyo propósito es consolidar que la memoria del conflicto armado necesita ser parte formal de la historia de Colombia para legitimar el testimonio de los pueblos que han sufrido la guerra.


En Colombia subsisten múltiples territorios donde se ejerce de manera diferenciada todo tipo de “soberanía”. Están aquellos que son producto de un ejercicio distinto de orden político o administrativo. Por ejemplo la calle que la gente duda en frecuentar porque sabe que allí roban o el barrio al que no pueden ingresar determinados individuos, son reflejos claros de espacios donde también se ejerce el poder, pero de distinta manera.

En las áreas del conflicto armado esas dinámicas de poder se maximizan. Zonas específicas a las que la gente teme acercarse, lugares considerados propiedad de un grupo o una persona, poblaciones donde la presencia institucional es ausente. Todos son territorios, pero también constituyen áreas en disputa. En esos lugares, cuando se habla de territorio también se habla de conflicto.

En esas circunstancias surge ‘La territorialización de la memoria en escenarios de posconflicto’. Esta investigación encontró que en los municipios caldenses de Pensilvania, Samaná, La Dorada y Aguadas, la población local viene adelantando durante más de 15 años, en medio del conflicto y su tensa calma, diferentes estrategias para hacer frente al conflicto armado.

 

El enfoque de esta investigación asume el territorio más allá del espacio físico y lo aborda, según los investigadores, como “un ensamblaje geosociohistórico”, es decir como “una relación entre la geograficidad, la sociabilidad y la historicidad”. Al respecto, Beatriz Nates Cruz, coautora del libro y profesora titular de la Universidad de Caldas, señaló que el enfoque investigativo apunta a pensar el territorio no solo como una división político-administrativa, sino “como el sentido del lugar, porque las relaciones socio-espaciales acontecen, sin pensar, más allá de donde llega la circunscripción de un municipio o de un departamento”.

La investigación invita a entender el territorio como un lugar donde reside la memoria, pues, de acuerdo Beatriz Nates, los territorios a donde llegó la tragedia del conflicto armado tienen historias por recordar más allá del hecho traumático. “Hace un par de años, durante el desarrollo de la investigación, una investigadora dijo estar sorprendida porque, cuando fue a hablar de los resultados, se refirió a las canchas de fútbol donde los niños solían jugar. Ella habló de las masacres que ahí sucedieron y de inmediato la población la increpó por considerar la cancha no más como un lugar de muerte”.

El ejercicio de situar la memoria del conflicto armado en los lugares que la sustentan es, de acuerdo con la investigación, el mecanismo que le permite pasar a hacer parte formal de la historia. De esta manera, las voces de los pueblos cobran legitimidad y se incorporan en la historia misma de los lugares para que estos, a su vez, sean pensados como lugares de memoria.

Para la investigación, que derivó en ‘La territorialización de la memoria en escenarios de posconflicto’, se eligieron cuatro municipios caldenses que, si bien tienen procesos culturales diferentes, comparten el flagelo del conflicto armado y la iniciativa de emprender estrategias direccionadas a escenarios de posconflicto.

El primero es Samaná, el municipio que más padeció el rigor del conflicto en el nororiente de Caldas, pues fue uno de los lugares donde se asentó el FRENTE 47 de las FARC. Fue tan marcada la presencia guerrillera en esta zona que a uno de los corregimientos del municipio le decían el “Pequeño Caguán”, según relatan sus habitantes. Entre tanto, los paramilitares de las Autodefensas del Magdalena Medio, bajo el mando de Ramón Isaza, se asentaron en la planicie del Magdalena, especialmente en La Dorada, el segundo municipio incluido en esta investigación. Estas dos poblaciones quedaron en medio del fuego cruzado entre esos dos grupos armados.

También está Pensilvania, que en julio del año 2000 sufrió, durante 27 horas, una toma en el corregimiento de Arboleda por parte del FRENTE 47 de las FARC al mando del alias ‘Karina’. Y por último, Aguadas, “con un cruce muy fuerte entre paramilitarismo y, por otro lado, un movimiento indígena interesante en sus corregimientos”, explica la profesora Nates Cruz.

En conclusión este libro expone una serie de estrategias a partir de las cuales se plantean esquemas para políticas públicas de carácter territorial en el orden local, regional y nacional. “Es cierto que no se puede decidir una política específica para cada territorio, pero sí se puede caracterizar qué es lo que ha sucedido como hechos traumáticos y como identidad del lugar, para que entonces esa memoria territorializada cuente”, afirma la profesora Nates Cruz.


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Publicado en Noticias CNMH

 

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