Etiqueta: Antioquia

San Carlos, el agua y la memoria

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Autor

CNMH

Fotografía

CNMH

Publicado

12 Nov 2014


San Carlos, el agua y la memoria

Alrededor de 600 personas provenientes de once municipios del Oriente Antioqueño, arribaron a San Carlos el pasado 25 y 26 de octubre para participar del Sexto Festival del Agua: por la autonomía, la defensa del territorio, la vida y la paz. Dos días en los que sancarlitanos y visitantes de municipios cercanos intercambiaron experiencias en temas como la importancia de los recursos naturales, la salvaguarda de los valores campesinos y la construcción de memoria histórica del conflicto armado.

Durante la jornada, y acompañados por personas del CNMH, los asistentes narraron sus testimonios en la defensa del territorio y la memoria, analizaron los obstáculos que han encontrado en su proceso de reparación y búsqueda de verdad, los avances judiciales frente a los hechos de violencia ocurridos en el Oriente Antioqueño y el contexto en el cual se cometieron dichos actos para no permitir su repetición. Además, debatieron acerca de los procesos de construcción de memoria histórica, punto en el que concluyeron que ésta debe estar empoderada por toda la comunidad y no solo por unos pocos.

El Festival del Agua fue un buen pretexto no solo para escuchar a los habitantes del Oriente Antioqueño sino para impulsar una memoria viva que el CNMH visibilizó a través del informe San Carlos: memorias del éxodo en la guerra. Invitamos a quienes deseen reclamar un ejemplar, acercarse al Museo Casa de la Memoria de Medellín (Calle 51 # 36-66) o a la sede de la Dirección de Acuerdos de la Verdad (Calle 58 #42-65 piso 2) donde, a partir de hoy, tendremos varios ejemplares gratis para nuestros seguidores.

 
 


Agua, Antioquia, Memoria, San Carlos

Memorias de una piel: un viaje a través de los sentidos

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Autor

CNMH

Fotografía

CNMH

Publicado

29 Nov 2014


Memorias de una piel: un viaje a través de los sentidos

Seis salas de exposición en las que se exhibe la investigación que viene realizando la Corporación Hilvanar de Bello, Antioquia, sobre el desplazamiento forzado en la región que resalta la memorias de las víctimas como elemento fundamental en los procesos de reconciliación social y memoria histórica. Es la guerra y sus efectos lo que podría resumir la exposición itinerante Memorias de una piel: un viaje a través de los sentidos.

Desde el pasado miércoles 26 de noviembre hasta el 20 de diciembre la exposición estará exhibida en tres lugares de Bello, con el fin de generar espacios de memorias en solidaridad y reconocimiento de la tragedia de las víctimas, causada por el conflicto social y armado. “Esta exposición ofrece un recorrido guiado por cinco salas, cada una de las cuales le permitirá a los participantes hacer un viaje a través de los sentidos y en una sexta sala, se generan espacios de conversación, reflexión y análisis con grupos focalizados de las diferentes comunidades donde estará la muestra”, señala Robinson Marín Hernández, coordinador del proyecto museológico.

El acto de apertura fue en la Plazoleta Andrés Bello, al lado de la Choza Marco Fidel Suarez (Calle 53 # 47-1 a 47-99) el miércoles pasado. La segunda presentación estará del 4 al 10 de diciembre en el Institución Educativa Generació, Comuna 8 – Niquia (Avenida 38 No 61-02) y la última itinerancia estará del 12 al 19 de diciembre en el Institución Educativa Alberto Díaz Muñoz. Comuna 1 – Paris (Calle 20f no 78A-07). Todos los lugares son en el municipio de Bello (Antioquia)

Esta exposición es una de las tres ganadoras en la Línea de Prácticas Museológicas de la II Convocatoria y ha contado con el acompañamiento de la Dirección del Museo Nacional de la Memoria del CNMH, cumpliendo con el objetivo de fortalecer y visibilizar propuestas de memoria de carácter local y regional, generando espacios de reflexión y denuncia social, que contribuyan a la realización del derecho a la verdad de las víctimas del conflicto armado en Colombia.

 


Antioquia, Exposición, Memorias, Pueblo Bello

El recuerdo que sana en Pueblo Bello

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Autor

Jorge Iván Posada
Jefe de prensa del CNMH

Fotografía

CNMH

Publicado

21 Abr 2015


El recuerdo que sana en Pueblo Bello

Pueblo Bello, corregimiento de Turbo,  quiere recordar a sus paisanos —hijos, esposos, abuelos, primos— que las autodefensas, en esa entonces al mando de Fidel Castaño, sacaron a la fuerza de sus casas y los desaparecieron.


Eso fue el 14 de enero de 1990. Los 60 “Tangueros”, armados, llegaron a este pueblito del Urabá antioqueño y juntaron en la plaza, a empujones y patadas, a 43 personas.

Fidel Castaño quería “ajustar” unas 43 vacas, que había perdido, por hombres. Entonces los paras se llevaron a las 43 personas en un camión hacia una finca de Córdoba; allá los torturaron.  [Ver: En Pueblo Bello cambiaron vacas por gente]

Según el reporte oficial, desde entonces solo se han encontrado los restos de siete hombres, después de una exhumación que hizo la Fiscalía en la finca Las Tangas en Valencia, Córdoba.

Y es que en esos días empezaron los paramilitares con la práctica, que se les volvió costumbre, de llegar a pequeños poblados en el norte del país; con lista en mano reunían en las canchas o en las plazas a sus futuras víctimas, delante de toda la población, para que no quedara duda que ellos eran los dueños de la vida y podían pegar, torturar, matar, desaparecer, y con total impunidad.

Así acabaron con la sonrisa caribe de 43 hombres, que no olvidan sus familias y amigos y que los inspira a reconstruir lo destrozado por los paras.

Aquí quieren que se recuerde la tragedia pero que se diga que esta gente —4 mil personas que viven en las 24 veredas del corregimiento—  es campesina, luchadora, que resiste, que canta, que baila, que trabaja de sol a sol y que anhela, de verdad, un nuevo Pueblo Bello. Así lo volvieron a pedir el pasado 14 de enero al conmemorar los 25 años de la masacre.

Hay mucho por hacer, pese a lo ordenado por la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, pero la Unidad para la Atención y Reparación Integral a las Víctimas, la Gobernación de Antioquia y el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH), se están poniendo al día con este poblado.

Remanso de paz

Del acompañamiento a las familias víctimas y el mantenimiento de la vía, la Gobernación de Antioquia pasó a la construcción del centro social Remanso de Paz. El  26 de enero pasado fue inaugurado para que “la gente se reencuentre y vuelva la esperanza a Pueblo Bello”, según explicó Santiago Londoño, secretario de Gobierno del departamento.  

Y eso es precisamente también lo que busca Pueblo Bello: que el país sepa que aquí se acepta con dignidad que están marcados por la guerra pero que trabajan, todos los días, para que sea referente de resistencia, reconciliación y de una posible paz.

Entonces el pasado 17 de abril, cuando llegaron a Pueblo Bello el gobernador Sergio Fajardo y Gonzalo Sánchez, director del CNMH, la comunidad les enseñó que para llegar a esa paz primero hay que recordar a sus seres queridos, reencontrarse, empezar a soñar el futuro y trabajar por él.

Eso fue lo que dijo Beatriz Elena Jaramillo, al mostrar el mural de la memoria: retazos de tela con todos los nombres de los desaparecidos y asesinados entre 1990 y 2005.

Se lo repitió al Gobernador, al Director del CNMH, al comandante de la VII División, general Leonardo Pinto, y a las demás autoridades que visitaron el corregimiento el pasado viernes.  

“Aquí vivimos la zozobra y la muerte pero queremos que recuerden también que estas personas que ya no están con nosotros eran alegres, que tenían sus animalitos, su familia y sus cultivos. Ese es el mensaje que le entregamos al Gobernador para que todo el país lo sepa”, dijo Beatriz Elena Jaramillo quien padeció “la triste época de la violencia donde las personas dormían en el monte y se desmayaban cuando veían un hombre armado”.

Mensaje que compartió Manuel Dolores López, que perdió a su hermano Miguel López en la noche de ese 14 de enero de 1990. El mismo que en el mural de la memoria señaló con orgullo el retazo de tela donde está tejido el nombre de Miguel con la frase: “vivirás por siempre en nuestros corazones”.   

El convenio

Este mural es una iniciativa de memoria que el CNMH apoyará y fortalecerá gracias al convenio que ese mismo día suscribió con la Gobernación de Antioquia: Pueblo Bello será el punto de partida de un trabajo más grande que se hará gracias a este acuerdo.

“En el marco de la Ley de Víctimas se suscribe este convenio que tiene como objetivo fortalecer los procesos de reconstrucción de memoria histórica en el departamento, a partir de distintas líneas de acción y actividades encaminadas a la formación de distintos públicos, como funcionarios y víctimas, en la recuperación de archivos, el fortalecimiento del lugar de memoria de Pueblo Bello y diferentes actividades de comunicación como una edición especial de la revista Conmemora”, explicó Nathalie Méndez, coordinadora de la Estrategia Nación – Territorio del CNMH, quien estuvo en Pueblo Bello la semana pasada.

Y es que según Gonzalo Sánchez, el convenio ratifica la intención del CNMH de trabajar con los entes territoriales para fortalecer la memoria histórica de las regiones, la memoria como “un vehículo para el esclarecimiento de los hechos violentos, la dignificación de las voces de las víctimas y la construcción de una paz sostenible en los territorios”.

Y más en Antioquia “que es un punto de referencia para el esclarecimiento de la historia de violencia del país. Prueba de ello han sido los cuatro informes de reconstrucción del conflicto que hemos hecho en el departamento”, reiteró el Director del CNMH.

 


Antioquia, Paz, pueblo, Turbo

Las vidas de María del Carmen Ruiz

Las vidas de María del Carmen Ruiz

Autor

CNMH

Fotografía

las2orillas.co

Publicado

03 Ene 2016


Las vidas de María del Carmen Ruiz

Las mujeres han sido las grandes afectas a causa de la guerra en Colombia, dejándolas solas, sin hijos o esposo. Esta es la historia de una de ellas.


María del Carmen dice que mataron a su marido, el periodista Luis Eduardo Gómez (en julio de 2011), por denunciar lo que pasaba en Apartadó, Antioquia. Las amenazas surgieron después de publicar noticias que parecían el guión que se repite en cualquier municipio del país: corrupción de políticos, alianzas de los gobernantes y autoridades locales con grupos armados ilegales, robos en la arcas públicas y la investigación sobre el asesinato, dos años atrás, del único hijo que tuvo esta pareja bogotana, el camarógrafo Juan Pablo Atahualpa Gómez.

Parece una pesadilla, María del Carmen iba en la moto con su hijo cuando le dispararon en la cabeza para acallarlo. Caminaba de la mano con su esposo el día que lo mataron. Estuvo al lado de la muerte en dos ocasiones, viéndola de frente llevarse las dos vidas que más amaba, agregando, -como diría Álvaro Sierra en el lanzamiento del informe “La Palabra y el Silencio” del CNMH sobre periodistas asesinados- dos gotas de sangre al mar de violencias en Colombia.     

Esta publicación señala que finalizando el 2012, Antioquia era el departamento más riesgoso para ejercer el periodismo en el país, ya que desde 2010 fueron reportados a la Fundación para la Libertad de Prensa (Flip) 14 amenazas, un exilio y en julio de 2011, se cometió el homicidio del Luis Eduardo Gómez. “Gran parte de estos actos de violencia contra periodistas enUrabápueden ser atribuibles a reductos que sobrevivieron de la desmovilización del grupo del paramilitar de alias El Alemán, hoy conocidos como Autodefensas Gaitanistas o Los Urabeños”, explica el informe.

María del Carmen dice que los asesinos de Luis Eduardo, un hombre de 70 años y testigo en la Fiscalía de casos de parapolítica, siguen dando guerra por todo ElUrabáantioqueño. “Es una burla para Colombia lo que están diciendo, porque eso no es así, el paramilitarismo no ha acabado”, recalca golpeando con fuerza el chaleco antibalas que debe llevar en el pecho como medida de protección, una ironía, como dice ella, porque los disparos van a la cabeza.

“No es justo que a estas horas de la vida yo tenga que andar con esto puesto protegiéndome y que me estén cuidando, mientras los fulanos están por la calle, no es justo. Ahorita el 18 de noviembre me amenazaron nuevamente”, dice a las afueras del auditorio donde se presentó el informe, el pasado 2 de diciembre, que relata las historias de 152 periodistas asesinados desde 1977 en el país y donde se incluye lo que sucedió con su esposo.

Esta mujer, que el pasado 30 de noviembre cumplió 68 años, espera vivir muchos más para seguir adelante con el sueño de Juan Pablo y Luis Eduardo: ellos querían hacer una fundación para niños que formara musicalmente enUrabálos nuevos talentos. Esto lo viene realizando con la firme convicción de que el arte y la cultura son la lucha contra la violencia.

María del Carmen da la impresión de no doblegarse ante nada, pero al hablar de su hijo y esposo es notable su tristeza. Con nostalgia en los ojos recuerda que lo perdió todo; se fueron sus seres amados, dejó su casa, vive alejada de todo (por motivos de seguridad) y hoy no tiene nada. No duda en alzar la voz cuando habla del Presidente, diciendo que “él fue periodista, debe poner un granito de arena con los periodistas, ellos están solos en la regiones, abandonados y debería aprobar lo que es una media pensión para ellos”.

Según “La Palabra y el Silencio” [Descargar informe: La palabra y el silencio], la intensidad de la violencia contra periodistas está directamente relacionada con la proximidad del conflicto y con el significado de la información dentro de él. Haciendo así que sean los medios regionales y locales los más golpeados, sobre todo la prensa escrita y la radio. “Al periodista que investiga, que acude a otras fuentes de información diferentes a los poderes hegemónicos, que hace visibles atropellos o que denuncia las arbitrariedades o los desafueros, de inmediato le amenazan, presionan, estigmatizan o acallan”, detalla el informe.

Todo empieza con una amenaza, llegan pasquines o panfletos con frases como: “abra la jeta sapo y ya verá lo que le pasa”, o “váyase de acá o le llenamos la boca de moscas”. Y muchos no tienen la posibilidad de dudar, queda salir corriendo o enfrentar las intimidaciones, y esto último fue lo que hicieron Juan Pablo y Luis Eduardo con la certeza de que estaban haciendo lo correcto, dotando a la comunidad de información, sacando a la luz pública las atrocidades que se hacían a sus espaldas.

Es en este contexto que María del Carmen lleva una nueva vida. Viaja a Bogotá a contar su historia y a cualquier parte de Colombia llevando al frente el legado de su esposo e hijo, enfrentando los actos intimidatorios de quienes, al igual que a Juan Pablo y Luis Eduardo, quieren silenciarla por denunciar los hechos con los que no está de acuerdo. A lo largo de estos años se ha convertido en una mujer reconocida por los periodistas víctimas del conflicto armado, a pesar de que ella no es periodista, por buscar la dignificación de su familia. “Le debemos todo a los periodistas”, dice María del Carmen.

 


Antioquia, Asesinato, María del Carmen Ruiz, Periodismo

En Medellín: #Yohablodelosdesaparecidos

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Autor

CNMH

Fotografía

Juliana Duque Patiño

Publicado

15 Jun 2015


En Medellín: #Yohablodelosdesaparecidos

Antioquia y su ciudad capital también tuvieron un capítulo dentro de la Semana contra la Desaparición Forzada del 2015. Varias organizaciones conformadas por familiares de víctimas de este flagelo se encontraron en el Parque de los Deseos, el pasado 29 de mayo, para rendir un homenaje a la memoria de sus seres queridos desaparecidos y hacer pública su intensión de no descansar hasta encontrarlos o tener noticias de ellos.


 Asfaddes Medellín, Movice, Familiares Colombia y las Madres de la Candelaria (línea fundadora) plantaron retablos y carteles con fotografías de sus desaparecidos, los iluminaron y acompañaron con velones y crisantemos blancos. El número de desaparecidos forzadamente en Colombia, según las estadísticas de estas organizaciones, asciende a 45.000.

La jornada estuvo acompañada por varios artistas locales: músicos y cuenteros, por la Orquesta Sinfónica de la Universidad de Antioquia y concluyó con la proyección de dos cortos documentales sobre los desaparecidos de esta ciudad.

El programa de Agenda Conmemorativa del CNMH, que cuenta con el apoyo de USAID y la OIM, brindó todo su respaldo a las víctimas organizadoras de éste y otros eventos que se llevaron a cabo en Medellín durante la semana de la desaparición forzada del mes de mayo.

La siguiente es una galería de imágenes de la conmovedora jornada que vivieron, junto a los familiares de desaparecidos forzadamente, quienes visitaron el Parque de los Deseos aquella tarde. 

Publicado en Noticias CNMH



Antioquia, Desaparición Forzada, Medellín

Cuando la guerra tocó a los niños de La Pica

Noticia

Autor

Maria de los Ángeles Reyes

Fotografía

Luz Mary Hincapié

Publicado

18 Ago 2015




Cuando la guerra tocó a los niños de La Pica

“Desde que no haya justicia, cada 15 de agosto vamos a seguir diciendo que no se nos ha olvidado que murieron seis niños y nos hirieron gravemente a cuatro”, dice Argemira Carmona, madre de dos de las víctimas de la masacre de Pueblorrico.


Las autoridades de Pueblorrico y de la Gobernación de Antioquia, acompañadas por el Centro Nacional de Memoria Histórica, realizaron actividades conmemorativas el pasado sábado en el pasaje que llevará al parque educativo “Guardianes del Cielo” para rendir homenaje a las víctimas de la masacre del 15 de agosto del 2000; seis niños muertos tras un ataque del Batallón de Infantería no. 32 Pedro Justo Berrío, de la IV Brigada del Ejército.

Ese día, 41 niños de la escuela rural de la vereda La Pica estaban en una caminata ecológica, en una finca cercana, cuando el grupo fue atacado. Tras escucharse disparos y detonaciones de granadas, uno de los adultos que acompañaba la caminata empezó a gritar advirtiendo a los atacantes que se encontraban con niños. Sin embargo, según testigos, el ataque duró aproximadamente cuarenta minutos.

La ambulancia que prestó atención médica a los menores llegó una hora después porque, según los integrantes del Batallón, el radio para llamar un helicóptero no estaba funcionando. Los niños que fallecieron ese día fueron Paola Arboleda de 8 años, Alejandro Arboleda de 10 años, Marcela Sánchez, de 6 años, Harold Tabares, de 7 años, David Ramírez, de 10 años, y Gustavo Isaza Carmona de 9 años. En medio de los ataques cuatro niños más quedaron heridos. Ellos fueron Cesar Arboleda, de 10 años, Oswaldo Muñoz, de 7 años, Cristian Isaza, de 5 años y Andrea Sánchez de 15 años.

Estado del proceso

Argemira Carmona es la mamá de Gustavo Isaza, quién murió en la masacre, y de Cristian Isaza, herido ese mismo día. Ella afirma que después de 15 años las familias siguen esperando una condena en contra de los uniformados involucrados en el caso, por la “irresponsabilidad con la que actuaron ese día”, dice.

Según la Corporación Humanidad Vigente, que tenía a su cargo la representación de las víctimas en una demanda que presentaron contra el Estado, los militares implicados afirmaron que habían confundido a los niños con miembros de la guerrilla del Eln, que en ese tiempo tenía presencia en el Suroeste antioqueño. Por estas declaraciones el caso fue asumido por el Fuero Penal militar como un “error militar”.

Al cumplirse los cinco años de esta tragedia, los familiares de las víctimas fueron indemnizados por el Ministerio de Defensa con la suma de mil sesenta millones de pesos, repartidos entre las familias de los diez niños.  Ese mismo año, en 2005, según la Corporación, “se emitió una resolución de acusación contra un sargento segundo y 10 soldados por homicidio culposo y lesiones personales culposas, mientras que cesó el procedimiento contra un capitán primero, un capitán segundo y 15 soldados regulares”.

Desde 2005 hasta 2008, Argemira Carmona dice que no recibió más información del caso salvo que los abogados habían sido amenazados. Los papás de las víctimas se organizaron y le enviaron una carta al Presidente de la República, quién “amablemente nos respondió que el caso estaba en la Fiscalía 19 especializada de Bogotá, pero nada más. Y de ahí a hoy no sabemos nada”.

La conmemoración

A pesar del sin sabor que les ha dejado las decisiones judiciales alrededor del caso,  las familias dicen que se han sentido respaldadas por las formas de reparación simbólica que han recibido a lo largo de estos años. Este año, con motivo de la conmemoración de la masacre, se hizo una actividad de tres días con “Parques Educativos de Antioquia”, con una eucaristía y que concluirá este 15 de agosto con el evento conmemorativo.

El pasado jueves se realizó una siembra de árboles de la memoria en la vereda La Pica y un taller de elaboración de atrapasueños. El viernes también se llevaron a cabo foros y conferencias con expertos en derechos humanos y reconciliación, y además, se proyectó el documental “Cuando voy a la escuela” que habla de la realidad de seis niños que estudian en las zonas rurales de Antioquia. El sábado pasado finalmente se llevó a cabo el evento conmemorativo a cargo de la Personería del municipio.

La importancia de esta clase de eventos, para Sandra Echavarría, es que constituyen un espacio para que las familias se unan y encuentren esperanza en medio del dolor que les genera recordar. Además,  afirma que “es una forma de acompañar a la comunidad e invitarla a la reconciliación para la no repetición de hechos tan dolorosos”.

“Lo que más nos gustaría tras estos 15 años es que no se olvide lo que nos pasó, que se sepa y que no quede en la impunidad”, aseguró Argemira Carmona.

 

Antioquia, Guerra, La Pica, Niños y Niñas

Una nueva Argelia moldeada con pintura

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Autor

Laura Rojas

Fotografía

© Julián Ramírez.

Publicado

20 Ago 2015


Una nueva Argelia moldeada con pintura

El 4 de julio se inauguró en el sector del Roble, municipio de Argelia, Antioquia, un mural de la memoria cuya finalidad es contar a través de imágenes la historia del conflicto armado de la comunidad.


La iniciativa surgió como una medida de acción colectiva de la ley 1448 de 2011, dentro del componente de la reparación colectiva a las víctimas. Desde entonces se fundó un comité impulsor conformado por 15 personas, todos afectados por el conflicto armado, que a su vez hacen parte de un proceso que se llama entrelazando de la Unidad de Victimas; como una estrategia para la reconstrucción del tejido social de la comunidad.  Dentro de una de las líneas de su plan de acción, Imaginarios Colectivos, se preguntaron ¿Cómo aportar al proceso de memoria en el municipio?

Así pensaron en un espacio que revindicara los derechos de todos los que sufrieron hechos de violencia en la región. Según Juan David Rivera, uno de los líderes de la iniciativa, “la gente del pueblo todavía recuerda qué ocurrió por el sector. Hubo muchas escenas escalofriantes y las personas aún tienen en sus cabezas esas imágenes. Tienen los duelos congelados porque no han recibido acompañamiento psicosocial”, expresa. De ahí, que la idea fuera la transformación de imaginaros locales para darle una nueva mirada al territorio.

El desarrollo del proyecto duro aproximadamente un año. El comité hizo la propuesta, se hicieron reuniones previas con la junta de acción comunal y con grupos organizados del municipio con el fin de preguntarles qué les gustaría ver y cómo se soñaban el mural, para que todo lo que ellos dijeran se viera plasmado allí. Después se consiguieron a un pintor, víctima de desplazamiento, para que les colaborara en la etapa final del proyecto. El artista Héctor Nubio Bustamante, hizo el boceto y la comunidad fue la encargada de darle color a la pared. El resultado, un espacio artístico de ocho metros de largo por cuatro de ancho, lleno de color, vida y recuerdos. Es su historia, y la historia del conflicto: una nueva Argelia moldeada en ese lugar.

El día del evento los acompañaron más de 500 personas. Hoy en día se habla del mural como un hecho histórico en pro de la memoria y de las víctimas. La idea es seguir transcendiendo ese espacio como un escenario de encuentro de participación y de dialogo, pero a su vez que sea el promotor para hacer otros murales en otros espacios del municipios aledaños, donde la gente todavía tiene mucho temor de poder aportar al cambio.

Aparte de esta iniciativa, se desarrollan otras estrategias, con el fin de realizar la reconstrucción social de la comunidad: trochas por la vida y la jornada de la luz. La primera consiste en acompañar a quienes han sufrido hechos victimizantes, como masacres u homicidios, de las veredas o del casco urbano,  llevándoles un mensaje de reconciliación de las victimas del municipio y realizando actividades de pedagogía social. Las jornadas de la luz se hacen los primeros viernes de cada mes donde participan en una eucaristía en honor de los desaparecidos y de las muchas fosas comunes que aun coexisten en el territorio.

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Antioquia, Argelia, Arte, Cultura

Un llamado de alerta desde los museos de la memoria

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Autor

salondelnuncamas

Fotografía

salondelnuncamas

Publicado

10 Oct 2018


Un llamado de alerta desde los museos de la memoria

El caso del Salón del Nunca Más de Granada, Antioquia, en grave riesgo por la humedad y el paso del tiempo, es el reflejo de lo que está sucediendo en las regiones con los lugares dedicados a hacer memoria. ¿Cómo asegurar la supervivencia de estos espacios, que son apuestas de vida de las comunidades?


El Salón del Nunca Más de Granada, uno de los bastiones de la memoria en Antioquia, está en riesgo tras nueve años de vida. “Hay problemas de humedad, se le mete el agua por todos lados”, cuenta Gloria Ramírez, una de las lideresas que sacó adelante ese museo. “Entonces baja el agua derecho y moja las fotos y las bitácoras, y hay algunas cosas que se están dañando”. Los años empiezan a desmoronar las paredes de tapia y el techo del edificio, que necesita con urgencia una intervención.

A principio de este siglo, apenas un mes después de que paramilitares del Bloque Metro entraron al casco urbano de Granada y masacraron a 19 personas, cientos de guerrilleros de las Farc hicieron explotar un carro bomba con 400 kilos de dinamita y se tomaron el municipio a plomo, durante casi un día entero. En esa incursión, ocurrida entre el 6 y el 7 de diciembre del 2000, perdieron la vida 23 personas y varias cuadras completamente destruidas. De ese tamaño fue la guerra en Granada.

Su cercanía con la autopista Medellín-Bogotá y con las centrales hidroeléctricas del oriente antioqueño, así como su ubicación entre el Valle de Aburrá y el Magdalena Medio, hicieron de Granada un lugar estratégico para la disputa entre guerrillas, paramilitares y Ejército. Según el informe Granada: Memorias de guerra, resistencia y reconstrucción, del Centro Nacional de Memoria Histórica, el conflicto armado dejó en ese municipio por lo menos 460 muertos, 299 desaparecidos y unos 10 mil desplazados, cifras grandes para un municipio pequeño.

Pero durante esa época, cuando la violencia llegó con más fuerza a la región, sus habitantes respondieron con valentía y dignidad. Para reconstruir el pueblo, cargaron ladrillos al hombro por una de las calles principales en la Marcha del adobe. Prendieron velas blancas y caminaron con ellas en silencio en las Jornadas de la luz. Salieron juntos a recorrer y a reapropiar los lugares del horror en encuentros que llamaron Abriendo trochas. Pintaron piedras de colores y las llevaron al Parque de la Vida para honrar a sus desaparecidos.

Algunos años más tarde, las iniciativas de resistencia en Granada encontraron una casa en ese Salón del Nunca Más, un lugar de memoria creado por la comunidad en 2009 y liderado por la Asociación de Víctimas Unidas del Municipio de Granada (Asovida). En el Salón, ubicado en el primer piso de la Casa de la Cultura, hay exhibidas fotos y relatos de más de 300 víctimas, respuestas sobre lo que ocurrió allí durante el conflicto armado y muestras artísticas que ayudan a comprender la historia de resistencia de la comunidad. “De manera colectiva decidimos dar cuenta de nuestra vivencia en el conflicto”, dice un documento de Asovida.

Ese es el legado que hoy está en peligro.

La coyuntura del deterioro físico motivó a los líderes y lideresas de Granada a hacer un llamado de alerta. “Nosotros disponemos de nuestro tiempo para abrir el Salón, para hacer las reuniones”, dice Ramírez, “pero no podemos disponer de recursos propios para meterle al espacio”. Casi con devoción, ella y otros líderes abren las puertas de viernes a domingo entre 11:00 a.m. y 4:00 p.m. Todos han hecho esto mismo durante casi una década sin recibir contraprestación, pero esta vez sí necesitan el dinero.

“Necesitamos solucionar los problemas físicos, claro, pero también que pueda haber sostenibilidad en el tiempo”, explica Ramírez, “queremos hacer adecuaciones, actualizar algunas cosas y también poder dar algún reconocimiento a las personas guías que trabajan en el espacio”.  Para lograrlo, los granadinos tienen abierto un canal para recibir donaciones que se puede consultar acá. Pusieron un tope de 100 millones, de los que han recaudado poco más de 2 millones. Faltan 37 días para el cierre de la colecta.

En paralelo, la Alcaldía de Granada está gestionando recursos con la Gobernación de Antioquia para hacer un estudio arquitectónico que evalúe cuánto cuesta y cómo debe ser la reestructuración de la Casa de la Cultura entera. Ya hay un presupuesto asignado para eso y el trabajo, que se delegó a la Universidad de San Buenaventura, empezaría este mismo año. Mientras eso pasa, agrega Gloria, “nosotros haremos lo que podamos para recoger recursos y que el Salón no se vea tan deteriorado”.

“¿Qué implica un lugar de estos para el país? Un reconocimiento de que esto sí nos pasó, pero también de lo que podemos ser desde la resiliencia”, dice Lorena Luengas, curadora del Museo de Memoria Histórica de Colombia y quien participó en la creación del Salón. “Alrededor de ese espacio ellos tienen proyectos productivos y proyectos con colegios. Es un espacio que se ha tomado como un deber de la memoria. Y esto no lo hace todo el mundo. Esto es una apuesta de vida”.

Como el de Granada, hay muchos otros lugares de memoria que han sido esenciales para reconstruir los lazos que rompió la guerra. Y de la misma forma que el Salón del Nunca Más, varios han encontrado obstáculos que ponen en riesgo su futuro. Por ejemplo, el museo Tras las huellas del Placer, en Valle del Guamuez (Putumayo), ha pedido públicamente recursos y asesoría para conservar los objetos, crear exposiciones nuevas y fortalecer los procesos comunitarios que se han debilitado con el paso del tiempo. Y en el Centro de Memoria del Conflicto, en Valledupar, a quienes la Biblioteca Departamental les ordenó desalojar el espacio a principios del año pasado. A pesar de los intentos por resolver la situación, hoy tienen las piezas guardadas y trabajan en sus proyectos sin un espacio físico.

Yohana Cuervo, quien ha acompañado desde el CNMH los procesos de varios lugares de memoria, dice que en el de Trujillo, Valle, y otros, pasa algo similar que en Granada: “No hay una inversión en la sostenibilidad económica de los lugares, que se mantienen en parte porque hay una sostenibilidad social: un grupo de personas de la comunidad que están pendientes. Pero ellos no tienen recursos para mantener las estructuras físicas”.

Esa sostenibilidad económica, dice Orlando Carreño, investigador del Centro de Memoria del Conflicto y coordinador del nodo andino de la Red Latinoamericana de Sitios de Memoria, “debería venir por parte de las alcaldías, gobernaciones o el gobierno nacional, aunque no queremos que eso perjudique nuestra autonomía, porque ellos, por poner dinero, pueden querer decidir qué se muestra y qué no”. Pone el ejemplo del Museo Caquetá, en Florencia, que desde el año pasado comparte el edificio con un museo de memoria militar. Para Carreño, mantener esos espacios vivos e independientes es determinante en la coyuntura actual del país porque “ahí está la verdad, ahí nosotros decimos qué pasó, cómo pasó y cómo nos vemos en los territorios”.

Cuando ocurrió el episodio de Valledupar, Gonzalo Sánchez, director del CNMH, dijo que la labor de estos lugares “es de vital importancia para la región y la nación, justo cuando el país está abocado a procesos de construcción de paz y de reconciliación”. Eso es lo que estaría en riesgo de perderse en Granada y otros lugares si no se toman acciones a tiempo. “Estos procesos son ese vehículo hacia la no repetición y no podemos permitir que desaparezcan”, insiste Gloria Ramírez, “porque si estos espacios están abiertos al público la gente puede conocer y comprender que la guerra no es un camino feliz”.

Publicado en Noticias CNMH



Antioquia, Granada, Lugares de Memoria, Museos de Memori, Salón del Nunca Más

Recordarlo todo: 30 años de la masacre de Segovia

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Autor

Laura Cerón

Fotografía

Laura CerónLaura Cerón

Publicado

16 Nov 2018


Recordarlo todo: 30 años de la masacre de Segovia

Los habitantes de este pueblo antioqueño conmemoraron a las 46 víctimas de la masacre perpetrada por los paramilitares hace tres décadas. Este acto sirvió para recordar al pueblo que alguna vez fue remanso de oro y paz.


A cada persona que entró al auditorio del Museo Casa de la Memoria de Medellín le entregaron un clavel blanco. Las paredes las decoraron con las fotografías de las personas que ya no están porque los desaparecieron o los mataron. En el escenario, un pequeño altar con mantel blanco rodeado de más flores y, sobre el mantel, un listado con los nombres de los 46 hombres y mujeres que asesinaron hace tres décadas en las calles de Segovia, al norte de Antioquia: Pablo, Shirley, Libardo, Jorge, Rosa, Luz, Jesús, Roberto… El listado completo lo leyeron al final del acto.

Se trató de la conmemoración en Medellín de los 30 años de la masacre de Segovia, el pasado 11 de noviembre. Llegaron un poco más de 100 personas para recordar lo que pasó pero, especialmente, para encontrarse. La mayoría pertenece a ASOVISNA (asociación que reúne buena parte de los sobrevivientes y familiares), viven en la capital antioqueña desde hace años y hablan sobre su pueblo como si se tratara del paraíso perdido. Recordaron los familiares muertos, sí, pero a leguas se notaba que la conmemoración también les servía como pretexto para preguntar por familiares, amigos o el hijo “de tal” que se atrevió a regresar al nordeste a trabajar en minería a pesar de continuar como “zona roja” en términos de violencia.

Hubo lágrimas. Hacer la conmemoración de la primera gran masacre de la historia del conflicto armado en Colombia cometida en un casco urbano, también es recordar el miedo y el dolor que ha acompañado a los sobrevivientes durante años. Para algunos, esos sentimientos están acompañados por un deje de frustración política, pues gran parte de las víctimas pertenecían a las disidencias políticas del momento, en especial, simpatizantes y militantes de la Unión Patriótica (UP). Hace siete años elCentro Nacional de Memoria Histórica lanzó el informe “Silenciar la Democracia”, en alusión a la gran mordaza impuesta ese 11 de noviembre y a las 200 personas asesinadas selectivamente entre 1982 y 1997 en esta región. Sin contar con las otras 14 masacres que ocurrieron en la zona y que dejaron 147 víctimas fatales. No todas eran de la UP, también hubo del Partido Conservador, del Liberal, de las juntas cívicas y de las juntas sindicales.

La masacre de Segovia del 88 es la más conocida por la opinión pública por lo que implicó en términos de terror y sevicia, y porque casi cada familia del pueblo tiene una historia que contar sobre ella. Pero algunos de los asistentes al acto conmemorativo en Medellín hablaron más de lo ocurrido a mediados de los noventa, cuando un comando paramilitar perpetró un alto número de asesinatos colectivos. Fue ahí -recuerdan- cuando colapsaron las relaciones comunitarias, y el miedo a pensar y hablar de una manera diferente se apoderó de la gente. Fueron asesinados líderes campesinos, autoridades locales, exalcaldes, exconcejales, profesores y miembros de la Fuerza Pública. A veces, dichas muertes eran precedidas de secuestro o desapariciones forzadas. Aún no se sabe el paradero de algunos de ellos. Aunque los actores y la forma de la guerra han cambiado después de 1998, esta se ha perpetuado hasta hoy, a tal punto que varios de los asistentes también hicieron memoria de familiares asesinados hace tan sólo cinco o seis meses.

  • “Como ciudadanos debemos trabajar por la verdad y la justicia. Si no lo hacemos, nos convertimos en cómplices de nuestra historia”, afirmó el cura durante la misa de conmemoración.

  • La esperanza que existe entre los segovianos es que exista una nueva generación que reivindique la dignidad y la vida.

 

El fin de semana del 11 y 12 de noviembre, también se realizaron conmemoraciones en Segovia, lideradas por otras dos organizaciones de víctimas: la Corporación Acción Humanitaria por la Convivencia y la Paz del Nordeste Antioqueño Cahucopana (Cahucopana), y la Corporación para la Defensa y Promoción de los Derechos Humanos Reiniciar; quienes estuvieron acompañados por organizaciones campesinas de la región, organismos internacionales y la Alcaldía del municipio.

Además de un acto solemne en la plaza central, hubo un recorrido por las calles y lugares donde hace treinta años fueron asesinadas las 46 personas (desde el barrio La Madre hasta la plaza central). La marcha fue acompañada por familiares de víctimas, miembros de las organizaciones civiles, funcionarios locales, dos bandas marciales y estudiantes de colegio, quienes se unieron –durante las dos horas que duró el recorrido- para hacer memoria colectiva de un hecho que no debió ocurrir.

Carlos Morales, líder de Cahucopana, hizo énfasis, especialmente, en las exigencias de justicia y las garantías de no repetición. “Para hablar de justicia, hay que empezar por conocer toda la verdad”, dijo en la plaza. Según las investigaciones judiciales, la violencia política del nordeste estuvo protagonizada por redes criminales articuladas por miembros activos de la Fuerza Pública que operaban en la región, unidos a civiles y grupos paramilitares. Por la masacre de Segovia de 1988 hay condenas contra paramilitares, militares y un político.

Pero no es suficiente. Por eso, representantes de la Comisión de la Verdad y de la Justicia Espacial para la Paz (JEP) fueron invitados a Segovia para que acompañaran la conmemoración. Allí se sentaron en la plaza central a escuchar a las víctimas que quisieron compartir su testimonio. “El genocidio contra la UP es un caso que está en la JEP, cuyo reto es poder contar a la sociedad y a las víctimas qué fue lo que pasó y poder establecer los máximos responsables”, dijo Reinere de los Ángeles Jaramillo, magistrada del Tribunal de paz de la JEP.

A dicha frase tal vez habría que agregarle la necesidad porque Segovia vuelva a ser un lugar digno para vivir en paz, y donde pensar diferente no se convierta jamás en un pretexto para que llegue la muerte.

Listado personas asesinadas el 11 de noviembre de 1988

Pablo Emilio Gómez Chaverra
31 años, minero, simpatizante de la UP, esposo de María del Carmen Idárraga

Shirley Cataño Patiño
11 años, estudiante

María del Carmen Idárraga de Gómez
33 años, ama de casa, simpatizante de la UP

Jorge Luis Puerta Londoño
41 años, secretario del Juzgado de Instrucción Criminal de Segovia

Carlos Enrique Restrepo Pérez
77 años, minero pensionado de la Frontino Gold Mines, simpatizante del Partido Liberal, padre de Carlos
Enrique y Gildardo Antonio Restrepo

Libardo Antonio Cataño Atehortua
Minero

Carlos Enrique Restrepo Cadavid
26 años, carnicero, simpatizante del Partido Liberal

Luz Evidelia Orozco Saldarriaga
20 años, mesera

Gildardo Antonio Restrepo Cadavid
35 años, minero, simpatizante del Partido Liberal

Rosa Angélica Masso Arango
20 años, mesera

Luis Eduardo Sierra
41 años, mecánico, transportador, militante de la UP, cuñado de Jesús García

Jesús Antonio Benítez
34 años, minero

Jesús Antonio García Quintero
41 años, minero

Pablo Emilio Idárraga Osorio
31 años, minero

Luis Eduardo Hincapié
40 años, cotero, simpatizante de la UP

Roberto Antonio Marín Osorio
34 años, empleado de la Frontino Gold Mines, simpatizante de la UP

Fabio de Jesús Sierra Gómez
38 años, albañil

Luis Adalberto Lozano Ruíz
45 años, tendero

Diana María Vélez Barrientos
21 años, ama de casa

Guillermo Darío Osorio Escudero
52 años, minero pensionado de la Frontino Gold Mines, arrendador de caballos, simpatizante de la UP

Olga Lucía Agudelo de Barrientos
42 años, ama de casa

María Soledad Patiño
Ama de casa

Luis Ángel de Jesús Moreno San Martín
16 años, minero

Juan de Dios Palacio Múnera
Minero

Henry Albeiro Castrillón
21 años, cotero, tío de Francisco William Gómez

Jesús María David
Minero

Francisco William Gómez Monsalve
10 años, estudiante

NN masculino
31 años, indigente

Jesús Eduardo Hernández Sierra
Minero

NN masculino
30 años, indigente

María Dolly Bustamante
23 años, ama de casa

Robinson de Jesús Mejía Arenas
31 años, albañil, vendedor de rifas

José Danilo Amariles Ceballos
26 años, minero

Julio Martin Flórez Ortiz
26 años, minero

Jairo Alfonso Gil
Minero

Regina del Socorro Muñoz de Mestre
34 años, empleada de la Frontino Gold Mines

Jairo de Jesús Rodríguez Pardo
46 años, conductor empleado del Municipio de Segovia

José Abelardo Osorio Betancur
46 años, minero

Jesús Emilio Calle Guerra
39 años, despachador de vehículos de servicio público, simpatizante de la UP

Oscar de Jesús Agudelo López
49 años, minero

Guillermo de Jesús Areiza Arcila
32 años, minero

Jesús Orlando Vásquez Zapata
26 años, minero

Fabio Arnoldo Jaramillo Fernández
52 años, minero

Jesús Avalo
28 años, transportador

Jesús Aníbal Gómez García
41 años, minero

Erika Milena Marulanda
15 años, estudiante

Publicado en Noticias CNMH



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La lucha de los cañoneros por sacar la verdad del río Cauca

Noticia

Autor

Laura Cerón

Fotografía

Laura Cerón

Publicado

20 Nov 2018


La lucha de los cañoneros por sacar la verdad del río Cauca

Los habitantes del cañón del río Cauca, afectados por las obras de Hidroituango, se unieron para exigir verdad y justicia sobre la violencia en su territorio. Denuncian que muchos continúan sin hogar y trabajo, y que se sienten amenazados por hacer estos reclamos.


Juan José Toro

Al borde de las gradas del coliseo de Ituango (Antioquia), un grupo de treinta barequeros y pescadores del cañón del río Cauca discute sobre religión. Que si pasear las ánimas por las calles es un ritual pagano o no, que si hay un solo dios o muchos. En el Movimiento Ríos Vivos Antioquia se respetan la palabra, aunque el tema sea álgido y las opiniones contrarias.

Durante esos días, el 1 y 2 de noviembre, tuvieron varias conversaciones así. Algunas sobre el pasado, cuando aprendieron a anudar un anzuelo o sacar oro de las aguas amarillas del río. Otras sobre el presente, que los tiene casi confinados en ese coliseo, su casa desde hace seis meses. Y otras más sobre el futuro, que enfrentan sin certezas pero con energía.

Hablaron de rituales y religiones porque estaban decidiendo cómo sería la ceremonia para llegar hasta la plaza del municipio, donde hicieron la primera parte de la conmemoración “Cañoneros y cañoneras contra el silencio y el olvido”.

En las últimas décadas del siglo pasado, y lo que va de este, varios grupos armados han azotado el norte de Antioquia. Las confrontaciones entre los frentes 18, 36 y 5 de las Farc, los bloques Mineros y Metro de los paramilitares, el Ejército y la Policía dejaron, según cifras del Observatorio de Memoria y Conflicto del Centro Nacional de Memoria Histórica, al menos 110 masacres y 2.345 desaparecidos en los 17 municipios que rodean al río Cauca en Antioquia.

Sobre esas montañas, estratégicas para el control territorial, por donde se puede salir a Córdoba o al Urabá o al Nudo de Paramillo, ocurrieron, masacres muy recordadas como la de El Aro y la de La Granja, ambas en 1997, y por las que la Corte Interamericana de Derechos Humanos (CIDH) condenó al Estado colombiano en el 2006.

Esos mismos municipios, donde aún no hay ni verdad ni justicia completas, están en la zona de influencia de Hidroituango, la megaobra que pretende suplir el 17% de energía del país. “No puede haber desarrollo así en una zona que todavía está herida por el conflicto”, dijo Isabel Zuleta, vocera de Ríos Vivos. “Todavía estamos adoloridos, buscamos a nuestros desaparecidos, seguimos siendo amenazados. Este territorio fue vaciado prácticamente por la violencia y así es muy difícil asumir críticamente un proyecto como Hidroituango”.

El día de la conmemoración, cuatro mujeres y un hombre completamente pintados de blanco recorrieron las calles de Ituango como si fuera un purgatorio. Los guió Estela Posada, miembro de Ríos Vivos, quien hizo de animera, un oficio tradicional de algunos pueblos antioqueños que consiste en pasear a las almas en pena, y caminaron por lomas empinadas hacia la plaza principal. Detrás de ellos se organizaron los demás integrantes de Ríos Vivos que viajaron de otros municipios. Arengaron contra la megaobra y entonaron canciones con nostalgia por su vida junto al río.

  • En medio de la conmemoración, los habitantes de la zona de influencia de Hidroituango denunciaron que varios de los líderes que han luchado por volver a recuperar su forma de vida junto al río Cauca, han sido objeto de amenazas e intimidación.

  • Tomados de las manos y con los puños en alto, los habitantes del cañón del río Cauca hicieron un minuto de silencio por sus muertos.

  • El desbordamiento del río Cauca causó que las dinámicas creadas entre las mismas comunidades, como la pesca y el trueque, cambiaran drásticamente.

Así empezó el acto de protesta y memoria en Ituango, seis meses después de que esos mismos hombres, mujeres y niños se vieron obligados a tomarse el coliseo y armar allí un campamento improvisado. En mayo de este año, un taponamiento en uno de los túneles de Hidroituango causó una crecida súbita del río Cauca y miles de personas tuvieron que ser evacuadas de su ribera, donde vivían y trabajaban, para buscar albergues o desplazarse hacia otros municipios a intentar conseguir mejor suerte.

La vida en el coliseo no es fácil, pero se las arreglan. Montaron carpas por familias, tienen una cocina pequeña y una olla comunitaria, colgaron las vallas y los telares que usan en las protestas y afuera, en un pastal tras una reja, sembraron una huerta con lechuga, albahaca, cilantro y otros alimentos. Las atarrayas y las bateas con las que trabajaron toda su vida están por ahí, de adorno, arrumadas, en desuso.

A los cañoneros y cañoneras se les juntó un problema de hace años, el de la verdad sobre sus seres queridos asesinados o desaparecidos, con uno más reciente, el de la emergencia ambiental por los daños en el proyecto hidroeléctrico. Entre los dos hay un cruce aterrador: el llenado de la represa pudo haber cubierto de agua decenas de fosas comunes y sitios de enterramiento. Allí podría estar sumergida la verdad que buscan.

En mayo hubo una audiencia pública en la CIDH, donde la Fiscalía dijo que investigaba 502 casos de desaparición forzada, pero los líderes de Ríos Vivos Antioquia exigen que las investigaciones avancen más rápido. Y que, de ser necesario, se vacíe el embalse. Todo eso sucede mientras varios grupos armados siguen rondando el territorio. En los últimos meses, varios líderes y lideresas de Ríos Vivos Antioquia han denunciado amenazas de muerte.

Parados sobre una tarima en la plaza principal de Ituango, con la cabeza en alto, Isabel Zuleta y otros voceros del movimiento leyeron durante una hora, una por una, las 110 masacres ocurridas en su territorio desde 1958. Las de Santafé de Antioquia, las de Liborina, las de Olaya, las de Buriticá, las de Sabanalarga, las de Peque, las de Toledo, las de Briceño, las de San Andrés de Cuerquia, las de Yarumal, las de Ituango, las de Valdivia, las de Tarazá, las de Cáceres, las de Briceño, las de Caucasia y las de Nechí. Después de cada una gritaron “¡nunca más, nunca más, nunca más!”.

En la noche, el silencio se convirtió en fiesta. En una chiva repleta se fueron a buscar el río en la vereda El Líbano, a una hora del casco urbano de Ituango. El agua, dijeron, estaba varios metros más arriba que unas semanas atrás y se había tragado otro tramo de la carretera, que debe ser cruzado en ferri.

Sus caras se transformaron apenas estuvieron junto al ‘Patrón Mono’, como llaman al río Cauca. Amarraron anzuelos y se montaron en dos canoas encalladas, cantaron trovas improvisadas, hicieron aguapanela comunitaria, se mojaron hasta las rodillas e intentaron pescar con las manos y una linterna.

“El río nos daba todo, lo que uno quisiera”, dijo una de las participantes de la conmemoración, Cecilia Muriel. Aunque ese tono de nostalgia a veces se convertía en desilusión: el río está muerto, el río está sucio, el río no tiene cauce, dijeron también algunos.

Cerca de medianoche hubo silencio. Cada uno tenía en sus manos una pequeña barca de madera con una vela adentro. “Que toda la fuerza que podamos depositar en esas barcas la pongamos en este charco. Vamos a encender las velas y las vamos a lanzar todas al tiempo”, les indicaron.

El momento más solemne ocurrió antes de encenderlas. Megáfono en mano, voluntariamente se pararon a dar unas palabras, a entregar sus esperanzas al río, a pedir deseos o hacer reclamos. Casi todos lo hicieron. Mientras uno hablaba, el resto bajaba la mirada.

“Esta luz la mando por esos compañeros que han fallecido en nuestra lucha”. “Que sea un recuerdo muy bonito que le entregamos a este río, que ya no es río sino pozo”. “A todos los seres queridos que el río acogió y tiene abrazados sin que sepamos de ellos, que reciban esta lucecita con mucho cariño. Que sepan que no están en el olvido”. “Con esta luz pido paz para todos, hasta para los que nos han hecho tanto daño, porque todos merecemos vivir”.

De mano en mano, pasaron las barcas con las velas prendidas hasta las canoas y a la cuenta de tres las entregaron al río, que lentamente se las llevó hacia el horizonte.

 

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