Etiqueta: Resistencia

Indígenas Awá presentan su exposición de resistencia y memoria en Bogotá

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Autor

CNMH

Fotografía

CNMH

Publicado

21 Oct 2014


Indígenas Awá presentan su exposición de resistencia y memoria en Bogotá

Por todos nuestros hermanos y hermanas que cayeron,

por los desaparecidos que buscan,

por la dignidad del pueblo quebrantada,

por el hambre y la abundancia de nuestras riquezas que se juntan,

por el territorio profanado por esta guerra injusta,

por aquellos que no conocieron el Katsa su

por nuestros espíritus protectores que nos acompañan en este largo camino de resistencia.

(Fragmento del proyecto expositivo  ¡Ñambi y Telembí viven! Tejiendo Memoria y Resistencia Awá.)


El 23 de octubre llega por primera vez a Bogotá la exposición “¡Ñambi y Telembí viven! Tejiendo Memoria y Resistencia Awá”, proyecto museológico ganador de la Convocatoria de Estímulos a Iniciativas de Memoria del 2013 realizada por la Dirección del Museo Nacional de la Memoria del Centro Nacional de Memoria Histórica en alianza con el Ministerio de Cultura.

Como un acto de conmemoración y lucha, la comunidad diseñó la exposición “¡Ñambi y Telembí viven! Tejiendo Memoria y Resistencia Awá”,un proyecto itinerante en conmemoración y armonización de los hermanos caídos en el conflicto armado, recordando la masacre del 4 de febrero del 2009, como parte esencial del reconocimiento como víctimas.

“La exposición busca visibilizar el hecho atroz ocurrido en el Resguardo para generar conciencia sobre el valor de la vida y respeto al derecho propio de la comunidad Awá, los Derechos Humanos y el Derecho Internacional Humanitario”, señaló Juan Edgardo Pai, indígena Awá y coordinador del proyecto.

La inauguración oficial de la exposición se realizó en la Casa Taminango, Pasto – Nariño, el 23 de diciembre de 2013, con el apoyo de la Dirección de Museo Nacional de la Memoria del CNMH y el apoyo técnico brindado por las Convocatorias Nacionales a Propuestas Artísticas y Culturales de Memoria.

Ahora, en el 2014 llega a Bogotá para hacer visible los daños que ha ocasionado el conflicto armado en el territorio indígena “en la capital permitirá entrever y exponer al gobierno central y las instituciones lo ocurrido, pero también aproximarnos en un regreso simbólico de nuestros hermanos caídos a otras comunidades igualmente afectados por el conflicto actual”, finalizó Pai.

La inauguración de esta exposición se realizará el próximo jueves 23 de octubre en el Centro De Memoria Paz y Reconciliación (Carrera 19b # 24 – 82, Bogotá) donde la comunidad Awá, realizará un acto simbólico representativo de sus costumbres; ellos serán los encargados de efectuar las primeras visitas guiadas, que narrarán la exposición expuesta hasta finales de noviembre de 2014.

Fecha: Jueves 23 de octubre.

Hora: 5:30 – 7:00 p.m.

Lugar: Centro De Memoria Paz y Reconciliación (Carrera 19b # 24 – 82, Bogotá)

Entrada libre hasta completar aforo.

Video Juan Edgardo Pai

Convocatoria de Estímulos a Iniciativas de Memoria 2013

La Dirección de Museo del Centro Nacional de Memoria Histórica, formuló en el año 2013 la 1ra. Convocatoria de Estímulos a Iniciativas de Memoria, con miras a fortalecer, potenciar y apoyar iniciativas de memoria histórica de carácter local y regional, abriendo escenarios de participación democrática dirigidas especialmente a los sectores sociales cobijados por la Ley de Reparación a Víctimas. 

Gracias al impulso artístico y búsqueda Ñambi y Telembi viven! Tejiendo Memoria y Resistencia Awá fue uno de los proyectos ganadores de las 4 becas ofrecidas para proyectos museológicos con énfasis en memoria histórica asociada al conflicto armado.

 


Awá, Bogotá, Exposición, Memoria, Pueblos Indígenas, Resistencia

Los Awá se resisten al olvido de sus víctimas

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Autor

CNMH

Fotografía

www.awaunipa.org

Publicado

04 Feb 2015


Los Awá se resisten al olvido de sus víctimas

Hablar con Juan Edgardo Pai, Gobernador del Resguardo Awá Tortugaña Telembí, es una lección de resistencia y esperanza. Desde el Diviso Nariño, éste gobernador indígena, con voz pausada y tranquila, envía un mensaje a todos los colombianos sobre el deber de la sociedad de recordar lo acontecido hace 6 años en su resguardo.

Amplificando su voz, el Centro Nacional de Memoria Histórica recuerda en esta semana a los 9 hermanos y las dos hermanas en estado de embarazo que fueron asesinados el 4 de febrero del 2009 por la guerrilla, en el resguardo de Tortugaña ubicado las montañas de Nariño.

Con cantos, armonizaciones y rituales los Awá conmemoran a sus seres queridos asesinados: “Estos son días de recogimiento, cantamos, nos lavamos con planta y realizamos rituales para entrar en contacto con nuestros espíritus para pedirles que nos sigan acompañando y nos den la fortaleza para seguir resistiendo y viviendo en nuestros territorios”, dice Juan Edgardo Pai.

El pueblo Awá también rinde homenaje a sus víctimas destinando esta fecha emblemática para hacer balances y análisis de la problemática en su territorio, pero también para reafirmar su sentir y autonomía indígena y sus luchas ancestrales. 

El gobernador indígena cuenta también que estos días son días de calma, que su comunidad ha podido desempeñar las actividades cotidianas de acuerdo con sus tradiciones ancestrales y envía un mensaje de unidad a su pueblo afirmando que el sentimiento de estos 6 años los ha fortalecido y que pesar de estar asentados en lugares que no son los más apropiados, seguirán defendiendo su identidad y resistiendo en su territorio.

El CNMH acompaña al Pueblo Awa desde el 2013. En 2014 realizamos conjuntamente la exposición ¡Ñambi y Telembí viven! Tejiendo Memoria y Resistencia Awá”, basada en los hechos que hoy recordamos. Esta iniciativa fue seleccionada como ganadora de la convocatoria artística realizada por el CNMH. 

 


Awá, Olvido, Resistencia, Víctimas

El Playón de Orozco: 16 años resistiendo al olvido

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Autor

Gabriela Pérez Cardozo y Felipe Chica Jiménez

Fotografía

Gabriela Pérez Cardozo

Publicado

09 Feb 2015


El Playón de Orozco: 16 años resistiendo al olvido

Sábado en la noche en el corregimiento Playón de Orozco en el municipio El Piñón, departamento de Magdalena. La gente del lugar está reunida en la caseta comunal celebrando las fiestas de San Martín de Loba, de 2014. La caseta es un sitio cerrado con suelo de tierra, excepto por la pista de baile, donde al menos nueve parejas se mezclan en un solo vaivén. En una esquina en la entrada se venden bebidas y al fondo del lugar hay un “picó” donde suena la música con el volumen a reventar.

El calor es insoportable. De un momento a otro, un hombre empieza a golpear a su esposa, a lo cual responde el hermano de la mujer armándose de un palo de escoba. La multitud se congrega alrededor de los hombres, ávida de conocer el desenlace de un suceso cotidiano para los pobladores de Playón de Orozco.

Mientras tanto, alguien busca a la inspectora de policía del corregimiento. Es una joven de 21 años, escogida en la comunidad por su vocación de servicio comunitario. La jovencita llama a la policía que se instala en la cabecera municipal de El Piñón, quien anuncia que en 20 minutos estará en el corregimiento, pero nunca llega.

Esa es la presencia mínima del Estado que reclaman los habitantes de Playón de Orozco. Esta comunidad -como muchas del país- ha sufrido los horrores de la guerra. Desde la década de los noventa en esta zona del departamento del Magdalena hizo presencia la guerrilla de las FARC. El accionar de este grupo se dirigió principalmente hacia los terratenientes a través de secuestros, extorsiones, robo de ganado, homicidios. Su estrategia de mimetización no fue otra que ocultarse entre la comunidad poniendo en riesgo la vida de civiles.

Un horror que no se olvida

En medio de la presencia guerrillera surge el paramilitarismo en esta zona en 1997. Recuerdan los habitantes -sin precisar la fecha- el día que unos cuarenta hombres entraron en camionetas con brazaletes de las AUC y al bajarse de los vehículos golpearon a un joven que se conocía con el sobrenombre de “Carlos Cuca”.

Hacia diciembre de ese año los paramilitares comenzaron a dar la orden a los habitantes de que se encerraran antes de la seis de la tarde. A veces iban encapuchados, otras veces sin capucha, por lo que la gente reconocía que no eran de la zona. Realizaban patrullaje, imponían sus normas y restringían la salida y la entrada al corregimiento. En marzo de 1998 secuestraron al médico botánico del pueblo, Miguel Fonseca, a quien posteriormente encontraron muerto en una finca denominada “La Montonera”. La comunidad de Playón de Orozco ya presentía lo que se veía venir.

El siguiente año, en la mañana del 9 de enero, la comunidad se preparaba para la celebración de los bautizos colectivos. Ese día el corregimiento contaría con la presencia de un párroco que frecuentaba el lugar al menos dos vez al año. Para la comunidad se trataba de una fecha importante, en los patios de las casas donde había bautizos se sacrificaban gallinas y chivos para el agasajo. Los niños y niñas estaban listos para recibir el sacramento y los familiares en sus casas organizaban todo para recibir a los invitados. 

Quienes iban a ser bautizados comenzaban a congregarse en la puerta de la iglesia, a pleno sol de mediodía. En ese instante, un centenar de paramilitares al mando de Tomás Gregorio Freyle Guillén alias Esteban, Edelmira Esther Pérez Méndez alias La Mona, y con el apoyo de una unidad móvil comandada por John Jairo Esquivel Cuadrado, alias El Tigre y la escuadra de Francisco Gaviria, alias Mario, del Frente de Pivijay -Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia- rodearon el pueblo.

Esteban y La Mona ordenaron a sus hombres sacar a la gente de sus casas y reunirla en la iglesia San Martín. Al reunirla en la iglesia, la población fue dividida por grupos: en una casa diagonal al templo reunieron un grupo de niños y niñas y en el puesto de salud encerraron  otro grupo. A los hombres les ordenaron que se alinearan contra la cerca que rodea la casa frente a la iglesia y les pidieron los documentos de identidad; documentos que iban cotejando con una lista que llevaban.

Una vez que los paras terminaron de inspeccionar cédulas, encerraron a todos los hombres en la iglesia y comenzaron a sacarlos de cinco en cinco y se los llevaron a distintos lugares donde  posteriormente los asesinaron y desmembraron. Luego de esto saquearon las casas, se llevaron los bienes y quemaron veintidós viviendas.

El resto de la comunidad se mantuvo encerrada en la iglesia. Cuando se dieron cuenta de que los paramilitares se habían ido salieron y comenzaron a buscar y recoger a sus parientes asesinados. Inmediatamente después comenzó el éxodo hacia la cabecera del municipio de Pivijay. “No podíamos creer lo que veíamos. Nos tocó entonces empezar a arriar muertos hasta sus casas, porque las mujeres estaban destrozadas y los niños… no me quiero acordar… Yo buscaba desesperado a un hermano, hasta que por fin lo encontré muerto”, dice uno de los hombres sobrevivientes.

La masacre dejó un saldo de 27 víctimas hombres y una mujer: Carmen Rudas, promotora de salud del pueblo, madre de cuatro hijos y en estado de embarazo. Entre los hombres asesinados estaban el profesor Jorge Calvo, de 32 años (trabajaba en una vereda de Chibolo); el exinspector del pueblo, Lascanio De la Hoz; los primos Julio Pabón Miranda y Julio Mozo Ortiz; los campesinos Luis Alberto De la Hoz y Manuel Villa; Luis José Bocanegra (quien estaba desgranando maíz cuando llegaron los paras a su  casa) y Néstor García, residente en la vereda Veranillo y estaba de visita ese día.

Igualmente, José Agustín Palacín; Ramón García; Jaime Rojano (exinspector de policía); Orlando Polo Villa; Andrés José Salas (estudiante de odontología); Andrés Polo Villa; Antonio Arévalo; Diomedes Barrios; Humberto Cervantes; Humberto Romo; Hansel Rodríguez; Álvaro De la Cruz; Edgardo De la Hoz; Ángel Castillo; Eduardo Bocanegra; Luis Alberto Dávila Camacho y Antonio Arévalo de 19 años de edad. Las víctimas mortales de la masacre fueron fundamentalmente los hombres jóvenes del Playón de Orozco.  

Cuenta la comunidad que no hubo tiempo de nada, escasamente recogieron los cuerpos de sus familiares y amigos y los enterraron. Un día después de la masacre se produjo el desplazamiento masivo de aproximadamente 130 familias. Algunos se refugiaron en fincas aledañas, en corregimientos cercanos y en los municipios de Pivijay, El Piñón, Barranquilla y Santa Marta. “El desplazamiento se da desde el del día de la masacre. Ellos –los paras– mientras la gente se iba se robaron enfriadores, prendas, animales, saquearon a los muertos”, según un testimonio de un poblador.

La población empezó a retornar en septiembre del mismo año, sin ningún tipo de garantía, pues los paramilitares permanecieron en el corregimiento durante dos años más, con el mando de alias Rafa. Instauraron un régimen de terror, ordenaron cercar las viviendas a una altura para que ellos pudieran vigilar, celebraron las fiestas patronales a la fuerza, entre otros hechos relatados por la gente.

La masacre fue reconocida por alias El Tigre ante la Fiscalía 3 de Justicia y Paz. Esta masacre como otras que fueron comandadas en estas fechas por alias Esteban y alias La Mona, fueron ejecutadas por orden de Carlos Castaño Gil, máximo jefe de las Autodefensas Unidas de Colombia en ese momento. Según declaraciones de estos paramilitares, luego del atentado  perpetrado por las FARC en la base del Urabá donde él permanecía y en el que casi muere, arremetió contras las comunidades cercanas y que -según expresó El Tigre- la orden exacta transmitida por Rodrigo Tovar Pupo, alias Jorge 40, era la de “aporrear un pueblo que fuese nido de la guerrilla”.

Aún hoy día, dicen los playoneros que en el lugar no hay trabajo. Los terratenientes no contratan a los campesinos, ni arriendan las tierras porque consideran que se pueden meter en problemas por el estigma de que son supuestos guerrilleros. El corregimiento no cuenta con servicios públicos, en épocas de invierno se inunda más del 40% del corregimiento y en verano el ganado enflaquece y los cultivos se secan.

Después de 16 años la comunidad de Playón de Orozco tiene esperanzas en el futuro con la implementación de la Ley 1448 (denominada ley de víctimas). Su mayor deseo es que esta masacre sea reconocida por el presidente de la república en un acto público, dado que llevan dieciséis años de abandono, donde si bien la alcaldía de El Piñón ha implementado algunas obras de reconstrucción del pueblo, han sido paliativos que consideran ellos no son suficientes ni garantía para resarcir el daño. 

Justicia y Paz

La actual inconformidad de las víctimas en El Playón aumentó con la sentencia del pasado 28 de noviembre de 2014. En ella la Sala de Justicia y Paz del Tribunal Superior de Bogotá relaciona 1.426 hechos y 9.493 víctimas de los excomandantes Salvatore Mancuso, Édgar Fierro Flores, Jorge Iván Laverde (El Iguano), Úber Enrique Banquez (Juancho Dique) y José Gregorio Mangonez Lugo (Tijeras o Don Carlos). Sin embargo en la sentencia no se incluye ningún fallo para las víctimas del Playón de Orozco. Aún más, líderes y abogados de la región Caribe argumentan que la sentencia no ordena investigar a miembros de las fuerzas armadas y agentes del Estado implicados en la expansión del paramilitarismo en esta zona.

La deuda histórica que el Estado y la sociedad colombiana tienen con comunidades como el Playón de Orozco comienza por garantizar los derechos fundamentales de sus víctimas y por reconstruir la memoria de los hechos. “Ya esa masacre pasó, no es que lo vayamos a olvidar porque es inolvidable, pero tenemos que pensar en los que vivimos, en los que estamos, porque ¡aja!, si llorando fueran a volver ellos al lado de nosotros, hubieran vuelto ya porque hemos derramado muchas lágrimas”. 

 


Magdalena, Olvido, Resistencia

UNESCO premia la resistencia de Trujillo

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Autor

CNMH

Fotografía

CNMH

Publicado

10 Feb 2015


UNESCO premia la resistencia de Trujillo

En el día de hoy, 10 de febrero de 2014, Saadia Sánchez Vegas, representante para Colombia de la Unesco, entregará a Gonzalo Sánchez, director del CNMH, el certificado de inscripción del libro ‘Tiberio vive hoy: testimonios de la vida de un mártir’ al Registro de Memoria del Mundo de la Unesco. El evento se realizará hoy a las 4:00 p.m. en la sede 1 del Centro Nacional de Memoria Histórica (Carrera 6 N° 35-29 Barrio La Merced) y contará con la presencia de representantes de la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo. 

Este reconocimiento pone esta publicación al lado de importantes documentos como el diario de Ana Frank y reconoce la importancia de esta publicación como símbolo de la memoria colectiva de la humanidad. 

“’Tiberio vive hoy: testimonios de la vida de un mártir’, representa un documento de extraordinario valor histórico y documental que recoge las memorias de sufrimiento de familiares de las víctimas de Trujillo”, dice el Programa Memoria del Mundo.

El libro fue postulado para este reconocimiento por el Archivo de los DDHH del CNMH. La publicación fue construida manualmente por los habitantes del municipio de Trujillo, Valle del Cauca-Colombia, víctimas de lo que se conoció como la ‘Masacre de Trujillo’. Esta consistió en una serie de desapariciones forzadas, torturas, detenciones arbitrarias y homicidios que fueron perpetrados por una alianza temporal entre narcotraficantes, paramilitares y agentes del Estado entre 1986 y 1994. 

La víctima más emblemática de esta masacre fue el sacerdote y activista por los Derechos Humanos Tiberio Fernández Mafla, quien fue desaparecido el 17 de abril de 1990 y cuyo cuerpo fue encontrado, mutilado, días después en el río Cauca. 

El reconocimiento llega en momentos en que la Asociación de Familiares de Víctimas de Trujillo (Afavit) atraviesa una difícil situación de seguridad, pues varios de sus integrantes han tenido que solicitar esquemas de seguridad por parte del Estado debido a las constantes amenazas de las que son objeto.

 


Masacre, Resistencia, Trujillo, Unesco

Con la palabra resisten en Micoahumado

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Autor

CNMH

Fotografía

APC de Micoahumado.

Publicado

13 Mar 2015


Con la palabra resisten en Micoahumado

La comunidad de Micoahumado conmemorará en el corregimiento La Plaza, municipio de Morales (sur de Bolívar), los 13 años de la Asamblea Popular Constituyente, una iniciativa de paz regional que hoy es una muestra de que el diálogo es la mejor arma frente a los violentos.


Ante la violencia de los grupos armados hay una comunidad que encontró la clave para resistir a ella: la palabra. Se trata del corregimiento de La Plaza en Micoahumado, en el municipio de Morales, sur de Bolívar, escenario de una de las movilizaciones y luchas populares campesinas que más han resistido al conflicto armado.

Su organización es su fuerza y la paz el motivo que mueve a 400 familias, una organización social campesina que promueve el diálogo con otros líderes como en la Comisión de Interlocución del Sur de Bolívar, el Congreso de los Pueblos y La Cumbre Agraria Étnica y Popular.

En esta región, desde los años setenta, hacen presencia el Eln y las Farc, y a finales de los noventa se conformaron allí varias estructuras paramilitares. En todos los casos este grupo campesino, solo con la fuerza del diálogo, ha logrado mantener las condiciones para seguir adelante en sus labores a pesar de estar en medio de la violencia armada y social.

Así fue que el 14 de marzo de 2002, cuando se agudizaron los enfrentamientos entre la guerrilla y los paramilitares en el sur de Bolívar, los habitantes de Micoahumado le hicieron un llamado a la comunidad internacional y a las organizaciones sociales para que los rodearan. Es en este momento que nace la Asamblea Popular Constituyente, que desde entonces defiende el derecho a la vida y a la permanencia en el territorio, y ejerce autonomía y soberanía como sociedad civil en medio del conflicto. E incluso, ya desde 2001, esta comunidad iniciaba el Proceso Comunitario por la Vida, la Justicia y la Paz.

La defensa por la vida y la permanencia en el territorio fue lo que nos movió. La mujer fue la que más impulsó los diálogos con los grupos, de hecho integraron las comisiones que fueron a hablar con los actores violentos”, aseguró Arisolina Rodríguez, una de las lideresas de esta iniciativa.

De esta manera, la fuerza del diálogo se constituyó en la mejor arma de los civiles. Para Arisolina es una fuerza humana muy grande que debe tenerse en cuenta en los diálogos de paz de La Habana y en las demandas sociales para construir una paz sostenible.
A pesar de la violencia de la región, nos hemos mantenido en el territorio y la resistencia campesina está en el proceso de la Asociación Agrominera del Sur de Bolívar. Entre todos hemos llegado a construir tranquilidad, convivencia y arraigo en el territorio”, agregó.

Para Álvaro Villarraga, Director Técnico de Acuerdos de la Verdad del Centro Nacional de Memoria Histórica y quien formó parte de las organizaciones sociales que rodearon esta iniciativa, “se trata de un caso en el que la palabra fue respetada por tratarse de una acción colectiva. A través del diálogo pobladores y grupos armados llegaron a acuerdos como la no incursión en el casco urbano, en las fincas; frenar atropellos a la población civil y conseguir la primera experiencia de desminado humanitario”.

Por su parte Neila Hernández, quien acompaña este proceso hace siete años, destacó la importancia que desde la Asamblea Popular Constituyente, la población de Micoahumado se haya organizado en procesos comunitarios y productivos en estos 13 años, toda vez que esta región padece el abandono y la inversión social es una deuda histórica. La pujanza de la gente logró detener la guerra, promover espacios de incidencia y proyectos para la inclusión social frente a la pobreza.

En efecto, Micoahumado representa un caso emblemático de resistencia civil a la guerra y de logro de demandas humanitarias que llevaron al Eln a desminar este territorio, acción que convocó el apoyo de organizaciones sociales nacionales e internacionales. A la vez que los pobladores consolidaron el proceso que se inició con la Asamblea Popular Constituyente de Micoahumado, organización que mantiene continuidad e iniciativa a través de los años bajo el lema: Proceso Comunitario por la Vida, la Justicia y la Paz de Micoahumado.

 


Bolívar, Micoahumado, Palabra, Resistencia

Resistencia de la Atcc sigue viva en El Carare

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Autor

Harold García.

Fotografía

Harold García.

Publicado

03 Jun 2015


Resistencia de la Atcc sigue viva en El Carare

Acompañamos a la Atcc (Asociación de Trabajadores Campesinos del Carare) en la conmemoración de sus 28 años de existencia.


Domingo por la mañana, La India, corregimiento de Landázuri en Santander. De pronto, en un bote, aparece Braulio Mosquera. Es el hombre carisma de la comunidad, no hay duda: mirada brillante, sonrisa gigante, voz poderosa, piel negra y explicaciones contundentes a todo. Su personalidad se impone ante el resto, es respetado y seguido por muchos.

Más de cien personas de diferentes veredas y partes del país —hasta del mundo, hay un estudiante que viene de Chiapas, México, a conocer esta iniciativa de paz— se transportan por lancha bajo el sol ardiente que se refleja sobre el río minero, El Carare, para ir hasta la vereda La Zarca, en Bolívar. Por eso resulta una delicia husmear entre las fibras más profundas de iniciativas como las de la Atcc, cuyas sedes se encuentran distribuidas en nueve municipios: Landázuri, Bolívar, Cimitarra, Sucre, Málaga, Simacota, Charalá, El Peñón y La Belleza. Allí se han organizado durante 28 años para mantener su territorio libre de actores armados. “Ni con ustedes, ni con ellos; nosotros solos”, es la consigna que promueven generación tras generación desde aquel 24 de mayo de 1987 en que se reunieron con el primer grupo armado de la región, las Farc, para decirles que ellos no harían parte de su guerra. Acto que después repitieron con los paramilitares al igual que con el Ejército Nacional. Esta proeza los hizo merecedores del Premio Nobel de Paz Alternativo en 1990.

Por eso este 24 de mayo era especial: se cumplían 28 años de creación de la Atcc, 25 años de la obtención del premio de paz y se recordó el asesinato de tres de sus líderes: Josue Vargas, primer presidente de la Atcc, asesinado el 26 de febrero de 1990 junto a Saúl Castañeda, Miguel Ángel Barajas Collazos y la periodista de la BBC Silvia Duzán.

Sobre la balsa, Braulio, es entrevistado con un megáfono por uno de los jóvenes de la región que componen el colectivo de difusión “Radio Efecto Sonoro”. Un proyecto liderado por la Fundación Sub/Liminal y el Ministerio de Cultura, con el apoyo del Centro Nacional de Memoria Histórica y la asesoría de Sonema. Braulio cuenta historias sobre el agua, de minería, de veredas, de amigos. Relata la importancia de las cordilleras que se ven imponentes, al fondo, mientras la embarcación se mueve sobre las aguas apacibles de El Carare.  

Al llegar a La Zarca hay un quiosco redondo con maderos y sillas vacías, allí por mucho caben 20 personas, el resto deben hacerse afuera, alrededor, en el monte. “Hoy somos más de cien, hace 28 años éramos mil campesinos acá reunidos con Las Farc”, dice Mosquera.

Se leyó un archivo histórico para la paz de Colombia, el acta que surgió de aquel encuentro: no más campesinos asesinados, nada de colaboraciones, cero ordenes ni condiciones impuestas por los grupos armados, no más visitas ni reuniones en las casas de los campesinos, respetar el territorio y no involucrar a los habitantes de la zona en algo en lo que nunca decidieron participar.

El proceso de paz

Un huracán de críticas y detractores se avecinan cuando alguien en Colombia pronuncia la frase “proceso de paz”. La división que suscita esas tres palabras suele opacar el trabajo organizativo, cultural, territorial y de resistencia que han realizado alrededor de la paz diversas comunidades por más de tres décadas. “A muchos les encanta hablar de guerra porque no conocen la firmeza de la paz, la sonrisa de la esperanza y el baile de la tranquilidad”, dice Braulio Mosquera con la sonrisa que lo caracteriza.

Este chocoano de 58 años asegura que la mayor aventura de su vida ha sido pertenecer a la Atcc. Con 28 años salió de Quibdó y llegó a la región para trabajar en estas tierras, se conectó con las juntas de acción comunal de diferentes veredas y así empezó su travesía por la lucha de los derechos de los campesinos.

“Ellos —los primeros lideres asesinados— nos dejaron un legado y es el que todavía continua”, se refiere Braulio al hablar del proceso de paz de la Atcc con los diferentes grupos armados. “Nosotros queremos reflejar que los derechos del ser humano son válidos y por ejemplo nuestro lema es por el derecho a la vida, la paz y al trabajo, y eso estamos haciendo hoy”.

Tener la posibilidad de dialogar a corazón abierto con Mosquera, es hallar a un hombre audaz y sensible, lleno de sueños, para quien la música, los poemas y la escritura son herramientas al servicio de su organización, de su gente: “como Dios es poderoso, dueño de nuestra existencia, en esta canción les hablo del adiós a la violencia. Con toda mi inspiración hoy les canto este paseo, la historia de esta región a ella referirme quiero, Josue, Barajas y Saúl, quienes fueron los primeros, este proceso iniciaron a ellos cantarles quiero. En el año 87 dieron los primeros pasos, se firmó el primer acuerdo  por la defensa del pueblo, se firmó el primer acuerdo en busca de la paz, el respeto por la vida y el derecho a trabajar. Las familias carareñas quieren volver a sus tierras a producir el sustento, pero que no haya más guerra. Ya con esta me despido y allá a lo lejos se ve, todos nos organizamos y nació la Atcc”, Braulio recita una estrofa de su canción “El adiós a la violencia”.

Una composición que recoge los diálogos con los grupos armados, cuando se inicia el proceso de paz, y que cuenta cuáles son los valores de la Atcc como el respeto a la vida, el derecho a trabajar, a subsistir, a vivir en paz.   

La conmemoración

Más de 50 velas alumbran con fuerza el obelisco de La India, son las luces poderosas del recuerdo que representan los desaparecidos y asesinados por los grupos armados en la región. Proyectan la esperanza y la tranquilidad de los campesinos que le dicen no a la violencia. La línea entre nostalgia y felicidad se mezcla con los asistentes, un grupo de personas que con risas y carcajadas se juntan en esta noche de recuerdos.

Allí, junto a las velas, se hace entrega de los árboles para el jardín de la memoria. “Esto es por nuestra historia, por nuestro pasado y nuestro presente”, dice Donaldo Quiroga, presidente de la Atcc.

A la pequeña tarima se acercan los jóvenes que componen “Radio efecto sonoro” para mostrar, en una pantalla improvisada con una tela y un vídeo beam, lo que hicieron durante todo un año de trabajo con la comunidad: las entrevistas a las “doñas” en sus casas, a los mineros, a los líderes y a los jóvenes que entre aplausos y risas se reconocen en sus relatos.

 

Publicado en Noticias CNMH



ATCC, Resistencia, Santander

Los veinte años de resistencia de Afavit

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Autor

Viviana Pineda.

Fotografía

María Paula Durán para el CNMH.

Publicado

08 Jul 2015


Los veinte años de resistencia de Afavit

Empezaron de la mano del padre Javier Giraldo, con reuniones y en medio de una masacre que no ha parado, sin embargo, hoy Afavit es la suma de muchos esfuerzos, de muchas voluntades que se unieron en un grito de ‘nunca más’.  


Veinte años después de que Afavit obtuviera su personería jurídica como la Asociación de familiares de víctimas de los hechos violentos de Trujillo [Ver informe de investigación: Trujillo, una tragedia que no cesa], Valle del Cauca, no hay una versión unificada de cómo comenzaron. Según unos, iniciaron en una reunión en el municipio de Buga, tratando de encontrar un espacio lejos de los violentos que rondaban al pueblo. Acorde con otros, empezaron en el salón parroquial a la vista de los victimarios, que para ese momento no habían sido identificados y se camuflaban en la vida cotidiana de la población. Otras versiones dicen que comenzaron en reuniones clandestinas en diferentes casas para no ser identificados.

Sin embargo, todas las versiones empiezan con un nombre: el del padre Javier Giraldo. En 1990, el sacerdote jesuita lideraba la Comisión Intereclesial de Justicia y Paz, en ese entonces una naciente entidad defensora de los derechos humanos conformada por creyentes de diferentes confesiones religiosas cristianas.   

Giraldo llegó a esta población del Norte del Valle del Cauca luego de enterarse del macabro asesinato de quien fuera por cinco años el párroco de Trujillo, Tiberio Fernández Mafla. “Yo lo había conocido, vivimos en el mismo sitio cuando estudiábamos teología en Bogotá, también lo conocía del Instituto Mayor Campesino o Universidad Campesina, dónde era un destacado líder. Yo estuve en su ordenación, que fue en Tuluá”, recuerda Giraldo.

Sin muchas pistas de dónde encontrar información, el sacerdote llegó a pocos días del crimen a la iglesia del pueblo, donde halló a Doris Osorio, la secretaria del padre Tiberio y quien se convertiría en su aliada incondicional. Era ella quien recibía a los trujillenses que llegaban a pedir ayuda cuando se les desaparecía un familiar, era ella quien sabía de los cuerpos mutilados que habían empezado a aparecer y que el padre Diego Villegas (auxiliar de Tiberio) recogía Cauca abajo con la Defensa Civil, era ella la que conocía de la cacería de brujas en contra de los líderes que habían organizado una marcha desde las veredas para exigir que les arreglaran las carreteras.

Doris conocía a las víctimas de la masacre de Trujillo. Hospedó al padre Giraldo en su casa y lo ayudó a contactar, uno a uno, a los familiares para que dieran sus testimonios y se pudiera denunciar formalmente todo lo que estaba pasando. “Los padres Tiberio y Diego ya habían recogido alguna información, yo junté todo y lo llevé a la Procuraduría y a la Dirección Nacional de instrucción criminal (en ese entonces no existía la Fiscalía). Sin embargo, los culpables fueron absueltos rápidamente.”, afirma el padre Giraldo.

Todo esto, lo hacía bajo unos riesgos enormes, “Una vez por media hora no me cogieron los paramilitares. Esa noche balearon a un muchacho que me había ayudado a contactar a las familias”, recuerda 25 años después.

El nacimiento de Afavit

Pero pese al inminente peligro, las gestiones del padre Giraldo permitieron que las víctimas se conocieran entre ellas y tomaran consciencia de la necesidad de trabajar juntas. “El padre empezó a venir con Asfaddes (Asociación de familiares de detenidos desaparecidos) y a hablarnos de la importancia de que nos organizáramos y así lo hicimos, especialmente cuando salió el concepto de la Comisión Interamericana, para lo que necesitábamos ser una sola fuerza para dialogar con el Estado”, recuerda Esmeralda Marín, quién fue una de la primeras presidentas de Afavit y quien perdió al padre de sus hijos en la masacre.

Y es que después del fracaso en la justicia nacional, el padre Giraldo junto al Colectivo de Abogados José Alvear Restrepo (en cabeza del abogado Eduardo Carreño) llevó el caso a la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, donde se logró una solución amistosa con el Estado Colombiano en 1995 (en ese año Afavit se formalizó con una personería jurídica).

“Para que el Colectivo de abogados pudiera representar a las víctimas se necesitan unos poderes. Yo los hacía a escondidas en la casa cural. Allá nos daban las dos y tres de la mañana, mientras mi hija se quedaba dormida en una banca de la iglesia esperándome”, recuerda Doris Osorio.

El acuerdo con el Estado colombiano contempló varias medidas de reparación a las víctimas, muchas de las cuáles no se cumplieron por actos de corrupción estatal que todavía hoy están bajo investigación. Entre estas se ordenó la construcción de un monumento, y entre las primeras decisiones que tomó Afavit, fue que éste, más que un monumento fuera un parque.

Entre todos buscaron el terreno más propicio para la estructura, hasta que una señal les mostró cuál debería ser el sitio elegido. “Nos encontramos con este par de guamos que crecían abrazados y los vimos como un símbolo del abrazo fraterno que necesitaba Trujillo”, recordó el padre Giraldo en la peregrinación del pasado 13 de junio. Estos dos árboles que se abrazan serían incorporados en el logo de Afavit.

Hoy el Parque monumento de Trujillo, diseñado por el arquitecto Santiago Camargo, es un referente de memoria para el país, y cada espacio ha sido dotado de significado a lo largo de los años.

Allí se reúne el grupo infantil Jimmy García Peña (llamado así en honor a un niño de 18 meses decapitado junto a su familia) en el salón ‘Hermanos Mayorga’, que tiene ese nombre para recordar a los siete hermanos de una misma familia que fueron asesinados. El parque alberga la exposición ‘Madres del silencio’ del artista Juan David Galves, así como el registro del performance ‘Magdalenas por el Cauca’ de Rodrigo Grajales. La artista Adriana Lalinde esculpió los osarios de las víctimas de la masacre y el kurdo Hoshyar Rashee construyó el ‘Muro de la sombra del amor’. El parque también cuenta con el jardín de Alba Mery Chilito, quien fuera una de las matriarcas de Afavit y que fue asesinada en 2013 en extrañas circunstancias.

Los acompañantes

Pero con la creación de Afavit empezaron las amenazas y no han parado desde entonces, como lo cuenta Esmeralda Marín. “Yo quedé como presidenta luego de que la persona que tenía el cargo tuviera que salir del país por amenazas. A mí también me intimidaban y me tuvieron que poner escolta. Me ofrecieron irme exiliada pero yo no quise dejar a mi familia”, dice.

En ese contexto llegaron Carlos Ulloa, Stela, su esposa y su hijo Jerónimo, alrededor del año 1996, bajo la figura de ‘acompañantes’, enviados por la comisión Intereclesial de Justicia y Paz. Andaban en un Jeep destartalado modelo 54 visitando a las víctimas por todo el municipio, les dictaban clases de Tai chi y de meditación, hacían talleres de mimos, de pintura y teatro.

“Lo que pasó aquí fue muy un golpe muy duro. Se cortaron muchas puntas en el tejido social. Mataron al que jugaba mejor fútbol, al serenatero, al sombrerero, al que recogía la leche… despuntaron a toda la sociedad por todo lado”, recuerda Ulloa, y agrega, “cuando llegamos la gente no podía decir ni siquiera que eran familiares de víctimas. Vinimos a prestar este instrumento para que nos lo llenaran de lágrimas y mocos”, dice mientras se señala el hombro.

Sin embargo, solo pudieron estar allí menos de dos años porque también fueron amenazados. Fueron reemplazados por otras personas que también llegaron a poner su granito de arena como la hermana Maritze Trigos y Teresita Cano, que hasta hoy han estado acompañando el proceso de Afavit. Ellas y las nuevas directivas de la organización han continuado con el trabajo de memoria y resistencia que emprendió el padre Giraldo hace 25 años.

La cadena de esfuerzos y voluntades en esta tarea no se detiene y el futuro de esta organización pareciera estar en manos del grupo de niños y jóvenes que han empezado a vincularse al proceso y que deberán sumarse a ese grupo de sacerdotes, abogados, arquitectos, artistas, religiosas, amas de casa, campesinas y secretarias que arriesgaron su vida para que la verdad de Trujillo saliera a flote, y para que Afavit hoy sea un ejemplo nacional e internacionalmente. 

 

Publicado en Noticias CNMH



Resistencia, Trujillo, Víctimas

Tres robles: violencia y resistencia en la U. de Córdoba

Noticia

Autor

CNMH

Fotografía

Lina Pinzón.

Publicado

13 Jul 2015


Tres robles: violencia y resistencia en la U. de Córdoba

El Grupo de Reparaciones Colectivas del Centro Nacional de Memoria Histórica desde el 2013 ha venido trabajado en conjunto con la Universidad de Córdoba, en la reconstrucción de memoria histórica de lo sucedido en esta institución educativa a mano de grupos paramilitares.


El Grupo Regional de Memoria Histórica de la Universidad de Córdoba en Montería, está conformado por estudiantes, profesores y empleados de la universidad que se han venido capacitando en temas relacionados a la construcción de memoria, para ser ellos quienes cuenten lo que ocurrió en este recinto educativo durante los años más álgidos del paramilitarismo que vivió la región. Dentro de este proceso han sido muchas las historias escuchadas y los temas trabajados pues, en su mayoría, quienes hacen parte del grupo fueron víctimas y vivieron la violencia en la institución.

A este período de violencia lo llaman “la toma a sangre y fuego de los paramilitares”, debido a los distintos hechos de violación de derechos humanos que cometieron las autodefensas durante la época de su predominio en la zona: asesinatos, desapariciones forzadas, desplazamientos y amenazas, además de cambios en las relaciones académicas y sociales de la comunidad universitaria. Además, esta toma no fue solamente a través de acciones violentas, pues los paramilitares lograron controlar los recursos públicos y en general las dinámicas sociales de la universidad desde adentro, por medio del nombramiento como rector de Claudio Sánchez, desde 2002 hasta el 2008, cuando fue capturado por el CTI debido a sus presuntos nexos con grupos paramilitares, sin embargo, actualmente se encuentra prófugo de la justicia. Sus presuntos vínculos con los grupos paramilitares fueron reafirmados por Salvatore Mancuso en versiones libres

Los cambios sociales se generaron tras un proceso de estigmatización y violencia selectiva en la Universidad (período 1987-2000), y continuó con la toma a partir de los estamentos y las cátedras de la universidad, al respecto una de las víctimas narra: “en esa época primero empezó la violencia contra los estudiantes, trabajadores y empleados, asesinatos, desplazamientos… y después nos quitaron las convenciones colectivas y nuestros derechos”.

La reconstrucción de esta historia es lo que el Grupo Regional de Memoria Histórica está trabajando a través de la construcción de un informe y de piezas comunicativas, para poder enseñar a la comunidad universitaria, al país y al mundo entero la manera en que la Universidad de Córdoba fue cooptada.

Uno de las tantos relatos es el de tres agrónomos que fueron desaparecidos y asesinados por los grupos paramilitares, una historia que marcó a la comunidad universitaria y que detonó en la desintegración de los movimientos estudiantiles que aun existían, según el relato de uno de los estudiantes de la época: “tras la muerte de los tres agrónomos se intensificaron las amenazas y tuvimos que desplazarnos por nuestra seguridad”.

Los tres agrónomos trabajaban en la aplicación de la encuesta sobre ruralidad realizada por el DANE en 1997, se encontraban en el municipio de Puerto Libertador en Córdoba, cuando fueron abordados por paramilitares y asesinados. Sus familiares los creyeron secuestrados y luego desaparecidos por más de un año cuando en extrañas circunstancias fueron encontrados sus cuerpos y verificadas sus identidades. Hace poco en versión libre el exparamilitar Salvatore Mancuso aceptó la responsabilidad sobre la muerte de los tres agrónomos de la Universidad de Córdoba, diciendo que fueron confundidos con informantes de la guerrilla en la zona.

De la misma manera ocurrió con la desaparición de varios líderes estudiantiles, lo que llevó al movimiento estudiantil de la época- con apoyo de la Universidad y de los familiares de las víctimas- a realizar marchas protestando por la pérdida de los estudiantes y reivindicando la necesidad de dejar por fuera de la guerra a la sociedad en general.

Además de estas protestas, en un acto simbólico de resistencia y tras haber encontrado los cuerpos de las víctimas, realizaron la siembra de tres árboles de roble que representan los agrónomos asesinados, la resistencia de su memoria y las luchas realizadas a pesar de los hechos sucedidos. La idea de los miembros del movimiento estudiantil era poner una placa conmemorativa frente a los árboles, sin embargo, varias amenazas y persecuciones hicieron que los líderes tuvieran que desplazarse y dejar de lado las acciones referentes al movimiento estudiantil, razón por la cual hoy en día no existe dicha placa.

Actualmente el Grupo Regional de Memoria Histórica se encuentra realizando varios perfiles biográficos sobre las víctimas y unas crónicas sobre los hechos que marcaron a la Universidad. Además, en el marco del trabajo de implementación de medidas de reparación colectiva, se realiza la construcción conjunta del diseño de la placa conmemorativa para que ésta sea finalmente puesta frente a los árboles de roble, esperando con esto contribuir a la construcción de memoria colectiva que dignifique a las víctimas y que fortalezca la construcción de una identidad sin ningún tipo de estigmatización en la Universidad de Córdoba. 

 


Córdoba, Educación, Resistencia, Universidades, Violencia

La arquitectura de la resistencia en Colombia

Noticia

Autor

Fernando Viviescas M

Fotografía

CNMH

Publicado

14 Ago 2015


La arquitectura de la resistencia en Colombia

Arquitecto Urbanista, Coordinador, por parte del Centro Nacional de Memoria Histórica, del Concurso Internacional para el anteproyecto del Museo Nacional de la Memoria, en compañía del Arquitecto Sergio Trujillo, Coordinador por parte de la Sociedad Colombiana de Arquitectos.


En un importante documento, producido a principios del año pasado, el Jefe de la delegación del Gobierno en las conversaciones de Paz que se llevan a cabo en La Habana, el Dr. Humberto de la Calle, se refirió al papel que tiene “El arte en la búsqueda de la paz”. En dicho escrito no solo no se incluye a la Arquitectura dentro de las manifestaciones artísticas sino que, en las proyecciones o en las funciones que se les atribuyen a estas expresiones creativas en el “llamado postconflicto”, tampoco se percibe claramente que las disciplinas del espacio tengan algún protagonismo “en la implantación de una paz firme.”

Como es lógico pensar en una sociedad como la colombiana que —a lo largo de casi ochenta años de buscar erráticamente un lugar en el mundo contemporáneo— fue naturalizando la violencia (de todo tipo) como un componente fatal de su entidad como Nación, todas las actividades constitutivas de su cotidianidad y de su perspectiva estratégica, de una forma u otra, tienden a ignorar el enorme peso que los efectos de esa violencia ejerce en la definición tanto de su identidad estructural como de su funcionamiento y de su proyección.

Sin embargo, en ningún ámbito pueden ser más apreciables las consecuencias de asumir la construcción de la sociedad en medio de la violencia que en la materialización tangible que asume esa misma sociedad, esto es, en su espacialidad y, para el caso nuestro, fundamentalmente en la CIUDAD COLOMBIANA, la cual no sólo es el producto más genuino de ese trasegar en el medio de la barbarie sino el sitio que ha servido de albergue para la gran mayoría de los hombres y mujeres que al sobrevivir han edificado esta sociedad y la seguirán erigiendo hacia el futuro.

Por ello, ahora que con las conversaciones de Paz se dan las circunstancias para abocar una construcción consciente de nuestra sociedad, es indispensable que las disciplinas del espacio se asuman como referentes para emprender esa tarea de reconstitución: que puedan contribuir “en la fase de aclimatación de la paz (,) donde —al decir de de la Calle— la expresión artística despliega su mayor potencial.”

Se abre una oportunidad, muy posiblemente irrepetible, para que estas disciplinas se instituyan como partes constitutivas en la configuración del país como sociedad civilizada en el concierto de las naciones en el siglo XXI.

Como lo plantea el Señor Comisionado: “Terminado el conflicto, se abre… el momento de las transformaciones de la sociedad.” De la formulación de un proyecto de nación que efectivamente apueste por una sociedad en la cual no sólo se busque sistemática e inteligentemente dignificar la existencia individual y colectiva (inicial y especialmente de las víctimas directas) sino restablecer críticamente, esto es, en forma crecientemente consciente, las relaciones entre los hombres y mujeres y de ellos con los demás elementos de la Naturaleza y con las expresiones materiales (particularmente con el territorio y, dentro de él, con las CIUDAD) e imaginarias que, mediante la cultura, hemos creado en el desarrollo de nuestra historia.

Tanto para formular ese horizonte de futuro como para realizarlo, es en el postconflicto donde tienen su lugar, ya ineludible e irremplazable, las disciplinas de la “proyectación” —el diseño, la arquitectura y el urbanismo— y donde pueden desplegar su inmenso poder imaginativo y constructivo para que, junto a “la palabra, el trazo, la nota y el símbolo” puedan contribuir “en la implantación de una paz firme” que apuntale la formulación y construcción de una sociedad realmente moderna: democrática, equitativa y sustentable.

Ya ubicadas en ese terreno por el Museo, necesariamente, entrarán en colaboración con las demás disciplinas, incluidas las artes y las ciencias sociales y económicas para darle consistencia, viabilidad y expresión tangible (el efecto de demostración) a la dignificación de la existencia, que es el primer arco que se abre una vez abocados a superar la barbarie que ha signado nuestra historia reciente de los últimos ochenta años.

Ese es el horizonte que ha abierto este Concurso Internacional para el Anteproyecto del Museo Nacional de la Memoria.

Las artes de la proyectación han sido consultadas y han respondido con creces no sólo en términos de cantidad, vale decir, de sensibilidad. Setenta y dos 72 anteproyectos, en el marco de más de cien inscripciones, muestran la capacidad de reacción de nuestros arquitectos, urbanistas y diseñadores, que se movilizaron masivamente, para tratar de configurar  un ámbito de expresión de solidaridad con las víctimas de la tragedia y crear una espacialidad que no sólo contribuya a resarcirlas en su identidad y en su recuerdo sino en crear condiciones objetivas para que el conocimiento y la reflexión  se erijan en los baluartes de la no repetición.

Pero respondieron también, y sobre todo, en términos de calidad —expresa profusamente en todos y cada uno de las propuestas— para buscar señalar cómo el Museo se convertirá en el símbolo de la enorme tarea que tenemos los colombianos y las colombianas en la perspectiva de re-crearnos como una sociedad solvente en el ámbito internacional de la civilización contemporánea.

Una vez convocadas de manera comprometida las disciplinas del espacio han demostrado que propenden por la formulación de paradigmas sociales que están por encima de los parámetros tradicionales de “las necesidades básicas insatisfechas” y de las “líneas de pobreza” en las cuales nos han anclado por décadas la violencia y el conflicto armado, como referentes de formulación de proyectos y programas sociales y de todo tipo.

La solvencia formal y funcional que muestran todos los proponentes da cuenta de la capacidad para formularles salidas a la complejidad que encierra esa perspectiva ciudadana e ilustrada, que implica no sólo salir de la barbarie sino introducirnos conscientemente en la construcción colectiva de una Nación donde la dignidad sea la característica fundamental de la existencia individual y colectiva.

Esa profusión de imaginación y de creatividad fue lo que hizo ardua la tarea del Jurado al cual hay que reconocerle por su idoneidad pues estuvo a la altura del reto que implicaba responder a la gran altura que habían señalado los concursantes.

En esa combinación de sensibilidad, capacidad, seriedad y responsabilidad de exponentes y de jueces estriba la fortuna del Concurso que brinda, como resultado, un Museo Nacional de la Memoria (MNM) que con solvencia ética y estética puede mostrarse -al lado de todos los demás lugares de memoria que con el liderazgo de las víctimas se han levantado en todas las regiones del país-, en el inicio del Eje de la Paz y la Memoria de Bogotá, como el símbolo del valor y la resistencia del pueblo colombiano a la barbarie, que son los principales atributos de la esperanza de una sociedad que se apresta a aprovechar creativa y solidariamente, como diría García Márquez, su “segunda oportunidad sobre la tierra.”

Bogotá, Agosto 13 de 2015.

 


Arquitectura, CNHM, Colombia, Resistencia

Resistencias y memoria en Buenaventura

Noticia

Autor

Alexandra Gómez

Fotografía

María Luisa Moreno

Publicado

07 Jul 2016


Resistencias y memoria en Buenaventura

Durante el 9 y 10 de junio, ongs, organizaciones de la sociedad civil, investigadores, líderes afros y centros de pensamiento se reunieron en la Universidad del Pacifico en Buenaventura en el Foro -Taller Regional de Herramientas para la Paz: Desarraigo, resistencias y memorias en Buenaventura en el contexto de las transiciones.


Desde la perspectiva de la paz territorial planteada en la mesa de conversaciones de La Habana, Buenaventura supone varios desafíos que se evidenciaron en el foro- taller regional, como: hacer compatible los acuerdos con la administración propia de los territorios étnicos, generar políticas gubernamentales no racializadas, reafirmar el territorio como forma de vida en la mediación entre los proyectos económicos a gran escala, el fortalecimiento de las entidades públicas como garantes de derechos, y la memoria histórica en búsqueda de la verdad y la no repetición.   

Hamigton Valencia del Proceso de Comunidades Negras (PCN) sostiene que “entre el año 2000 y 2004 sucedieron las masacres más horrorosas que aún perviven en el subconsciente colectivo. Estas atormentan la mente y el espíritu de nuestra gente, masacres como la del Naya, las dos del Lleras, la de las Palmas, la de Punta del Este, entre otras que se dieron por una fuerte disputa territorial.

El conflicto armado ha significado un proceso de vaciamiento demográfico para facilitar la apropiación  e instalación de los macroproyectos que acompaña la profundización del modelo económico de enclave portuario en Buenaventura, entre algunos: la Terminal de contenedores, el proyecto Arquímedes, la construcción de la acuapista para el Pacifico. La respuesta a la crisis en Buenaventura desde el gobierno central ha sido de carácter militar, muy a pesar que la Defensoría del Pueblo, a través de alertas tempranas, acciones de seguimiento ha insistido en una respuesta integral que permita atender las situaciones críticas de la población”.

En el primer panel del foro-taller participaron varias iniciativas de memoria como la Capilla de la Memoria donde “las mujeres se encuentran a recodar y reconstruir los hechos del pasado para recuperar la dignidad y resignificar la vida individual y colectiva, ellas se reúnen ante un dolor común. Las mujeres en el Pacífico han hecho una propuesta de reparación simbólica a través de la construcción de relatos, el uso de fotografías de familiares, el arte y actos conmemorativos públicos, visibilizando sus realidades, y dan un punto de referencia al Estado para la garantía del derecho a la verdad”,  expresó  Mery Medina de Fundescodes quien acompaña esté proceso.

Florencia Arrechea, una de las impulsoras de la Capilla de la Memoria cuenta que “somos de allá de donde sube la marea y algunos vivimos en casa de palafitos, a mí me desaparecieron un sobrino el 4 de noviembre de 2003 en el barrio Lleras y comenzamos a reunirnos a orar, para nunca olvidar, y después fuimos llevando cositas. Con mi sobrino yo era alcahueta, él llegaba de trabajar y le gustaba que le sirviera la comida en una ollita la cual está en la Capilla de la Memoria con la cucharita con la que él comía. En estos momento tenemos 165 fotografías de nuestros desaparecidos y muertos”.

 

 

Fotografía por Alexandra Gómez.

 

El informe del CNMH Buenaventura: un puerto sin comunidad referencia que, conforme a los procesos organizativos afro y la construcción de comunidades emocionales —impulsadas por mujeres, jóvenes, laicos y organizaciones de base— ha sido posible sobrevivir en el territorio desde formas creativas, colectivas y de resistencia al conflicto armado.

“En el Pacífico esta memoria de lucha y resistencia, de creatividad artística y cultural ha mostrado la compleja realidad que viven estas comunidades ancestrales, por ejemplo la Escuela de Poetas de la Gloria han usado la poesía como un leguaje polifónico en esta memoria dolorosa, lejana y cercana. Las narraciones de esa poesía no son un pálido reflejo de la realidad que se vive si no han ayudado a ver esta realidad y entenderla de una manera profunda desde las entrañas de la comunidad y del Pacifico”, argumentó Edson Louidor del Instituto Pensar en su ponencia sobre el desarraigo.

El primer día cerró con la presentación de la obra de teatro Tocando la Marea  del proceso de pedagogización del informe del Centro Nacional de Memoria Histórica en Buenaventura. Al segundo día de la jornada se realizaron dos mesas de discusión en torno a los retos y posibilidades del desarraigo, la memoria histórica, las resistencias y la construcción de paz. En plenaria Marcos Oyaga de Codhes resaltó sobre Tocando la Marea que es “un ejercicio de memoria viva que permite dar cuenta de lo que ha pasado pero desde una perspectiva de futuro, donde están las abuelas, los jóvenes. A pesar de ser una obra del conflicto al final es muy esperanzador”.

En el período de transición de los acuerdos de paz, dice Helmer Quiñones —relator de las mesas de trabajo— que “la memoria va tener un papel trascendental en reconstruir lo qué paso, y por qué pasó, qué permitió que todo esto sucediera. Creo que nosotros como pueblo afrodescendiente debemos llegar a una reflexión muy profunda. Con el reto de la construcción dinámica de la memoria, pasará por entender esta historia de pasados trágicos para la no repetición”.   

 


Buenaventura, Memoria, Resistencia

 

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