Mientras don Carmelo López doblaba su espalda, agachándose y levantándose con hilos rojos, negros y amarillos entre sus dedos, en el taller de hamacas que heredó de su mamá, más de treinta niñas y niños de la escuela llenaban las habitaciones y el patio de su casa. Estaban atentos a las pantallas y tablones que les hablaban de su propia tierra, los Montes de María.

Al lado, más de una mamá, con gesto serio, les pedía silencio a los inquietos observadores. Querían escuchar la voz grande de Soraya Bayuelo, la «mochuela mayor» y una de las fundadoras del Museo Itinerante de la Memoria y la Identidad de los Montes de María (MIM). Desde hace once ediciones, este proceso del «Vuelo de El Mochuelo», realiza una travesía para transportar las piezas que narran las violencias, las resistencias y el contexto de la región en el marco del conflicto armado.

La Dirección del Museo de Memoria de Colombia del Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) se unió a esta undécima itinerancia bajo el lema: «Las memorias, el arte y la cultura para la paz». El resultado fue un hito comunitario en el corregimiento Las Flores, en Morroa (Sucre): un caserío de 750 habitantes que convirtió sus calles, casas, templos y quioscos en un museo a cielo, patios y puertas abiertas.
«Esto que está pasando aquí es inédito», exclamó Rodrigo Torrejano, asesor de la dimensión Físico-Espacial de la Dirección del Museo de Memoria de Colombia.
Un árbol de 710 ausencias y una línea de tiempo tejida

En medio de la iglesia se plantó el «Árbol de la memoria», cuyas ramas sostenían 701 hojas, cada una de las cuales registraba el nombre de una persona dada por desaparecida y asesinada en la región. A medida que avanzaba la jornada y llegaban los lugareños, algunos fueron descubriendo los nombres de sus familiares entre el follaje artificial, como si se hubiesen citado para un reencuentro suspendido en el tiempo.

De igual manera, en este recinto sagrado se dispuso una línea de tiempo impresa sobre vidrio. La estructura se apoyaba sobre una larga manta tejida por las mujeres artesanas de San Jacinto, con el verde de las montañas, el rojo de la sangre derramada y el café de las tierras por las que tanto han luchado los campesinos de la sabana.

La metamorfosis del pueblo no se detuvo allí. La casa de Chacarita alojó las memorias de las luchas de la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC), mediante cifras e historias proyectadas en video. Mientras tanto, la vivienda conjunta —propiedad de su hija— se transformó en un «cuadro vivo» de la identidad costeña: totumos para el agua, la silla tradicional para el burro, suero, pescados, plátanos y chicha fresca pintaron el paisaje.
Memorias del corazón: el nido de la memoria en movimiento
El mochuelo es un pájaro de fino plumaje negro y gris con ojos negros brillantinos y pico amarillo, en forma de maíz fuerte, y canto melodioso que habita en las sabanas del Caribe colombiano. En los años noventa y principios de la década del 2000, cuando la violencia de los actores armados tiñó de rojo los senderos de la sabana de los Montes de María, el canto de esta ave se silenció entre el estruendo de las balas y el silencio espeso del miedo. Miles de campesinos tuvieron que abandonar sus parcelas, dejando atrás la tierra, sus muertos y sus canciones.
Sin embargo, en marzo de 2019, en la plaza pública de El Carmen de Bolívar, un mochuelo distinto alzó el vuelo. No era un ave de plumas, sino una imponente estructura arquitectónica itinerante de madera, un museo móvil codiseñado por las propias comunidades, tejedoras, labriegos y jóvenes, bajo el ala protectora de la Corporación Colectiva de Comunicaciones Montes de María Línea 21.

Desde entonces, ha recorrido miles de kilómetros por pueblos y veredas, como un símbolo de dignidad. Lo que comenzó como un sueño de narración de las memorias y un homenaje simbólico colectivo tras décadas de conflicto armado, se consolida hoy como uno de los ejercicios de museología social comunitaria y memorias vivas más potentes de América Latina y el mundo.
Mucho más que las violencias que sobrevivieron

Ingresar a la exposición del 11.° Vuelo de El Mochuelo es sumergirse en un laberinto de sentidos donde el dolor no tiene la última palabra. En esa medida, la muestra está conceptualizada no desde la mirada del victimario, sino desde la resiliencia del sobreviviente. A través de una museografía circular y en espiral, el recorrido envuelve al visitante en ejes temáticos que, como en Morroa, pueden danzar, moverse y adaptarse a las condiciones del territorio; cada vuelo es una oportunidad para refrescar su narrativa:
Círculos de la palabra: el tejido invisible de las lideresas

En la casa de Edilma Corrales y Nacira López, el tejido principal lo hicieron las mujeres con sus testimonios, en el círculo de la palabra. De fondo, estaban colgados los retratos de las lideresas de municipios como Zambrano, San Juan Nepomuceno, El Salado, Ovejas, San Onofre, El Guamo y María La Baja, entre otros.
Frente a la comunidad, las mujeres se turnaron el micrófono para dignificar sus historias de vida: se habló de la costurera que, mientras cosía para mantener a sus hijos, construía una red de desminado de toda la zona para que otros no viviesen la misma tragedia de su esposo; se escuchó el relato de la profesora que empezó a dictar clases siendo apenas una niña porque en su vereda no había quién enseñara a leer y escribir; se oyó la voz de la sobreviviente de la masacre de El Salado y víctima de violencia sexual que hoy lidera la defensa de otras mujeres víctimas del mismo delito.

El éxito del museo radica en que ha sabido descentralizar la memoria, llevando la dignidad del campesinado del Caribe colombiano hasta los centros de poder —como su histórico paso por el Museo Nacional de Colombia en Bogotá—, para ahora regresar con más fuerza a sus raíces, demostrando que los museos del siglo XXI deben servir para la vida y para la transformación social.
Un canto que viaja al porvenir

El 11.° Vuelo de El Mochuelo pasa y deja una estela de esperanza. En un país que aún intenta tramitar las heridas de su conflicto armado, este museo itinerante de la memoria y la identidad es la prueba fehaciente de que la memoria no es un archivo del pasado, sino un proyecto para el futuro.
Mientras las puertas de la exposición permanezcan abiertas, El Mochuelo seguirá cantando, y en su trino ya no se escuchará el eco de fusiles, sino el murmullo de un pueblo entero que decidió que la paz y la dignidad son derechos que se defienden cantando, contando y recordando.
Y mientras el ave de Montes de María siga volando, el Centro Nacional de Memoria Histórica continuará acompañando su canto, asegurando que su eco se escuche con fuerza en todas las montañas, las plazas, las casas, las calles y los salones de Colombia.
