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Unidos después de nuestro sufrimiento

«Unidos después de nuestro sufrimiento»: un documental sobre la resistencia en Bahía Portete

Día Internacional de las Víctimas de Desapariciones

Autor

CNMH

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En la imagen, Isabel Fince Epinayú, antigua profesora de Bahía Portete y miembro de la comunidad wayuu.

Publicado

11 septiembre 2023


«Unidos después de nuestro sufrimiento»: un documental sobre la resistencia en Bahía Portete

En 2004, la comunidad wayuu de Bahía Portete (La Guajira) fue víctima de una masacre perpetrada por 40 paramilitares. Lo que vivieron ocasionó una ruptura del lazo que tenían con el territorio y ahora trabajan por recuperarlo.

 

En la Alta Guajira, hay un lugar donde el desierto se encuentra con el mar: es el territorio ancestral de miembros de la comunidad wayuu. Se trata de Bahía Portete, un paraje que tenía un lazo invulnerable con sus habitantes, pero donde, en 2004, 40 paramilitares pertenecientes al Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) cometieron una masacre. Con lista en mano, asesinaron a seis personas, entre ellas a cuatro mujeres. 

La masacre ocasionó un desplazamiento masivo que despobló Portete y, con el tiempo, esa conexión ancestral que pasaba de generación en generación empezó a fracturarse. «Muchas de mis tías fallecieron por un daño moral y murieron en Venezuela porque extrañaban su territorio», manifiesta Rubia Meza Uriana, miembro de la comunidad wayuu.

Desde hace un par de años, las víctimas comenzaron a retornar poco a poco a su tierra. Aunque no todas han regresado, los miembros wayuu presenciaron las consecuencias del abandono tras la masacre. «Cuando regresamos, la soledad era tal que solo sentíamos la brisa y el sonido del viento —comenta Ricardo Fince Uriana, palabrero de la comunidad—. Sentíamos temor, como si nos estuviéramos escondiendo de alguien».

El retorno es una prueba de la resistencia y fortaleza del pueblo wayuu. Sus esfuerzos por reconstruir los lazos que tenían con el territorio y reanudar sus costumbres quedaron evidenciados en el documental Koptushi waya shikije wamuliala, que traduce Unidos después de nuestro sufrimiento.

En mayo de 2021, el Centro Nacional de Memoria Histórica (CNMH) apoyó el desarrollo de la pieza audiovisual, potenciando y difundiendo la voz de la comunidad wayuu. Aunque en la narración los participantes y autores de la iniciativa de memoria denuncian los daños que sufrieron por la violencia paramilitar, también demuestran que Bahía Portete es mucho más que esa masacre.

Después de dos años de trabajo, el largometraje será lanzado oficialmente el 9 de septiembre en Bahía Portete. El producto de memoria histórica se proyectará en una pantalla inflable en aquel desierto que vio partir su comunidad y que nuevamente los abraza en su lucha.

El documental expone que, si bien el vínculo del pueblo wayuu con el territorio no es inalterable, sí es indestructible. Así, el temor de la violencia paramilitar no evitó que la comunidad regresara al lugar que la vio nacer, pues a pesar de la distancia no se «pudieron desapartar de estas tierras», según señala Alfredo Meza Uriana, habitante de Bahía Portete.

Más que una masacre

Unidos después de nuestro sufrimiento
El desierto de Bahía Portete, donde la comunidad wayuu ha retornado tras la masacre paramilitar perpetrada el 18 de abril de 2004.

El pueblo wayuu le manifestó al CNMH la importancia de hablar sobre su hogar más allá de la masacre, porque su historia no empezó ese 18 de abril de 2004. Así, pues, el documental comienza narrando las enseñanzas y costumbres que los abuelos y abuelas le han transmitido a la comunidad desde hace décadas.

Rubia Meza Uriana precisa que sus ancestros, a pesar de que no fueron a la escuela, «tenían unos valores increíbles que nos transmitían con amor». Esas lecciones hicieron que Portete fuera una pieza clave en la identidad del pueblo wayuu. «El querer este territorio es como parte de la vida misma», indica. Sin embargo, tras la masacre todo cambió.

Por el impacto de la violencia se fueron muchos menores de edad que perdieron el mensaje que se pasaba de generación en generación. De acuerdo con Alfredo Meza, cuando regresaron tenían otras costumbres y «muchos no querían hablar su lengua materna», mientras otros la perdieron. La violencia creó una brecha generacional. «Bahía Portete se vino a ruinas», dice Mariana Fince, de la comunidad wayuu.

Según Rolan Fince Uriana, autoridad tradicional de Iguazaí, lo que sucedió en la bahía no fue cualquier cosa: «Eso fue un desplazamiento donde quedó un pueblo fantasma». Lo perdieron todo. Quienes lograron escapar llegaron al monte, en medio de la nada y sin un rumbo claro; sabían que ese día no solo habían dejado su tierra, sino que sus familiares habían sido asesinados.

De acuerdo con el informe del CNMH La masacre de Bahía Portete: mujeres wayuu en la mira, ese domingo 40 paramilitares del Frente Contrainsurgencia Wayuu del Bloque Norte de las Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) recorrieron la zona torturando, quemando y asesinando a las víctimas con lista en mano. También saquearon sus casas e incluso profanaron su cementerio.

Pese a que en la pieza audiovisual se menciona lo que sucedió y se señala como responsable y actor intelectual de la masacre a José María Barros Ipuana, alias Chema Bala, este no es el tema principal de la historia. El pueblo wayuu reconoce el valor que tiene como comunidad y el producto narrativo constituyó una oportunidad para honrar a aquellos que lucharon por tener una vida digna.

El pueblo wayuu sigue luchando por el territorio y alza sus voces para que esta vez —a diferencia de ese abril de 2004— el Estado colombiano sí lo escuche. «Queremos oportunidades para los jóvenes que hemos perdido y que nuestro territorio siga ese desarrollo, como el acceso a agua potable, pero manteniendo nuestra cultura», indica Rubia Meza Uriana.

«Yo lo que quiero para el pueblo guajiro es la paz», asegura Alfredo Meza y destaca que los wayuu no son una etnia de guerra o conflicto, «somos gente de paz». Por esa razón, los esfuerzos por reconectar con la tierra y transmitir las costumbres a los más jóvenes no cesan. «Aquí lo que se quiere es que seamos unidos como antes, como venían manejando nuestros ancestros», añade.


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